Las teocromías o iluminaciones de Badaró Nadal

Nelson Romero

Al enfrentarnos con las obras de Badaró Nadal, sentí el impacto de comenzar a introducirme en un mundo de estados suprahumanos, donde una Tragedia Primordial a nivel cósmico se recreaba en una sucesión de imágenes pavorosas e ineluctables, que nos hace partícipes de un dolor desmesurado de sangre sacramental y retorcimientos de la carne por un designio Primordial.
Muchas veces en la vida, damos con libros, frases aisladas y testimonios de místicos que nos abruman por develarnos (a veces en un segundo), ideas o intuiciones que ya presentíamos en forma nebulosa, y que nos inquietaban por su persistencia en la memoria.
José Saramago y Tomás de Mattos, para Badaró Nadal quizás resumieron o acicatearon esas pequeñas grandes «iluminaciones», que nos abren en ciertos momentos, sutiles canales donde presentimos una comunión o identificación y acercamiento a la Super Conciencia Cósmica.

Al transponer la puerta, intuimos que algo a nivel planetario está palpitando y rasgando los cielos y la Tierra.
La Humanidad asiste a un Avatar eternamente removedor, hecho de gritos, súplicas, sueños atroces y finalmente de resignación.
Una pavorosa alquimia de papeles corroídos por perfumes, de palimpsestos sagrados, cuerdas que han inmovilizado torturas, sangre petrificada que se derrama en desiertos vidriosos, bosques de espinas que agrietan la anatomía del Orbe. Volcánicas emanaciones de sangre celestial pueblan los cielos de piel y arena, descendiendo fatídicamente sobre recintos predestinados para un Juicio Final.
Una masa de plasma galáctico, planea y se aglutina en ríos de rojo primordial (elemento que será el Alpha y el Omega de la peripecia recreada y revivida).
Desconozco si Badaró se ha propuesto por una necesidad vivencial, la aventura casi intransferible de mostrar en imágenes la terrible peripecia del Hijo del Hombre y del eterno dilema de Dios y su inexcrutabilidad, como reflejo en la Creación, y sus infinitos caminos desde lo humano para intuirlo en sus Atributos.
Subyace en esta empresa, los conceptos transfinitos de J.L.Borges, donde lo infinito contiene lo finito.
Sabedor de que un mortal no podría soportar la presencia de Dios en su absoluta Majestad y salir indemne, Badaró crea su «Camino Púrpura», aquí en la Tierra.
Lo hace desde un Big Bang profundo y remotísimo, que comienza a dibujar como espejo de tiempo y espacio relativo para la visión humana, y donde el Todo se refleja en relaciones veladas pero no secretas.

Hay inquietud en los cielos. Habrá un cataclismo y de él surgirá una vía que comunicará a la humanidad con la Luz Eterna.
Para eso, los horizontes se convulsionarán, las aguas salvajes que se elevan hirviendo en torbellinos de sílice hasta la azarosa arquitectura de las nubes, tendrán su lenguaje, y las montañas y ríos, y toda manifestación de vida, quedarán amorosamente hermanadas en una red de secreto diálogo hasta el Fin de los Tiempos.

Para unir Cielo y Tierra, se necesita un solo Hombre (y que no es un voluntario), que aloje lo Inconmesurable, todo el Infinito, y que se ofrezca (aún con dudas), a compartir la peripecia humana con su perversa lógica del azar, sabiendo que lo espera un final atroz.
Este «Camino Púrpura», ha dejado en el Mundo profundas laceraciones en la carne y la Tierra, salpicaduras hirvientes de magma profético, torrentes arenosos donde navegan papeles con vagos criptogramas inconclusos; son gritos incomprensibles y desahuciados de una multitud que se mueve y entrechoca entre sí, como subpartículas cuánticas contenidas en un Averno.
Con sus texturas inverosímiles, sus azares premeditados y una materia generosa, el pintor construye un pabellón abrumador, que nos hace sentir cuando lo recorremos, anonadados, empequeñecido, con el impulso de introducirnos en sus «iluminaciones», y convertirnos en un Aleph.
Sorpresivamente aparece un reflejo de Dios, y su cuchara de plata enceguecedora, revolviendo materias Primordiales, agitando las teocromías desde la conciencia de su Hijo.
Badaró las inmoviliza (o sueña que lo hace) en un paroxismo de texturas chorreantes, explosiones de filamentos orgánicos, turbulencias de negro ominoso, o con alboradas de amarillos y blancos exultantes que presagian el Triunfo sobre un final atroz.
Badaró, podría haberse plantado en medio de sus epifanías cromáticas, y haber dicho susurrando en palabras definitivas: «… He aquí lo que he visto, lo que os he mostrado como testimonio desde el Principio del Tiempo. El que tenga ojos que vea»…

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