La nueva Ilsa

Debía hacer más de lo que podía y recurrió al alcohol para que le diese fuerzas. Pasaron los años y se encontró con otro problema por solucionar.
Para ello contó con el apoyo de su familia, y fundamentalmente de un primo
que le mostró una salida efectiva.
Hoy es una nueva mujer,
que quiere contar su historia.

Alejandra Fuentes

Hasta los 9 años de edad vivió en paraje Coronilla, y de allí se mudó a la que actualmente es su casa, en la zona de Cañada Grande. Toda su vida transcurrió en el campo y eso le gusta «a los cuatro años ya iba con una petisa a pastorear vacas» cuenta a SAN JOSÉ HOY.
En su juventud, uno de los golpes más grandes fue la pérdida de su hermano en un accidente «eso me bajoneó bastante, pero de a poco salí».
Tiempo después contrajo matrimonio y continuó trabajando en el campo a la par de su marido. Llegaron los hijos que después de mucho sacrificio estudiaron y tiene sus familias formadas. Sólo el más chico mantuvo la tradición familiar y se dedicó de lleno al campo.
En la antigua cocina del Hogar Católico comenzamos la charla mano a mano, mientras que en un extremo Belkis escuchaba con atención y sumo respeto.
A Ilsa no le cuesta hablar del tema. Entiende que su testimonio es otro de los tantos que sirven compartir.
Prendo la grabadora y sin dudar comienza  a contar su historia: «En casa nadie era alcohólico. Papá se hacía su vino casero para tomar un vaso con la comida. A veces me daba un poco con azúcar pero realmente nunca me gustó su sabor (…) Después, al casarme me acostumbré a tomar algún aperitivo pero nada del otro mundo, un consumo normal».

«Buscaba el efecto en la bebida, no la disfrutaba»
El cuidado de los hijos se sumó a la faena de campo. También había que tener la comida a la hora y todo debía estar preparado a tiempo «yo cumplía con todo pudiese o no. Mi marido era muy exigente y yo, sumamente sumisa».
Los chicos iban en distintos turnos al colegio y los horarios eran crueles «la comida para uno a una hora, al del resto a otra… el ómnibus que no pueden perder… de todo estaba pendiente yo».
Al principio eran tareas compartidas en pareja. Con los años, las salidas de su esposo a hacer mandados al ‘pueblo’ se incrementaron y era corriente que Ilsa tuviese que sola hacer frente a las tareas de ordeñe y demás «él no volvía nunca a la hora que decía y como remitíamos a Conaprole debíamos tener la leche a tiempo (…) Llegué a ordeñar 25 vacas sola y fue ahí donde hice mi mayor esfuerzo. Tenía que acarrear los tarros de 40 litros y llevarlos en carretilla hasta la ruta (…) En los días más bravos del invierno yo sentía que las fuerzas no me daban. A eso de las cuatro de la tarde, cuando debía arrancar nuevamente en el tambo yo ya estaba agotada. Entonces empecé a tomar un vaso de vino casero antes de ordeñar y eso me daba fuerzas. Lo tomaba por el efecto, no porque me gustara. Me reanimaba, tomaba coraje y seguía. Pero primero fue un vasito, pero después ese traía otro y otro más (…) El alcoholismo es una enfermedad lenta y progresiva, y eso es lo que me pasó a mí (…) Yo pensaba que estando así le hacía bien a mi entorno y a mí; luego me di cuenta que no era así».

«Era Navidad  y preguntó ‘¿por qué tomas mamá si te hace mal?’
Ilsa  recuerda un pozo depresivo cuando ya sus hijos estaban grandes. Aparecieron problemas económicos y también la violencia «varias veces fui golpeada». «Dejamos de hacer vino casero porque a los dos nos hacía mal, y fue cuando empecé a traerme a casa una caja de whisky cada vez que iba a San José. La guardaba en el baño, junto con una hielera. Iba al baño y allí tomaba (…) Los gurises se daban cuenta de que tomaba pero no sabían dónde lo hacía (…) En una Navidad mi esposo me invitó a saludar a la familia y yo no quise. Sabía que no estaba en condiciones. Se quedó a acompañarme el más chico de mis hijos y me preguntó ‘¿por qué tomás si te hace mal?’. No pude contestarle nada, no tenía respuesta. Era más fuerte que yo (…) Yo sabía que mis hijos se avergonzaban de mí pero igualmente nunca me dejaron sola. Tampoco mi nieta mayor, que pronto cumplirá los 15 años».

«Sí… toqué fondo»
Los problemas económicos empeoraban la situación. Su opinión siempre se subestimaba ‘estás hablando así porque estás borracha, callate’ le decía su esposo.
Apareció una cuenta en el Banco que no se pagaba, aunque la plata salía rigurosamente de la casa de Ilsa y mucho más: «Fue una seguidilla de cosas que me llevaron a tomar cada vez más, e incluso a intentar terminar con mi vida (…) Una de las cosas que me frenó fue sentir que mi padre (ya muerto) me decía que debía seguir luchando para dejarle el establecimiento a mis hijos (…) Reaccioné, me fui a la cama y llamé a mi nuera. Le conté lo que había hecho…».
Ilsa fue internada y luego derivada a un psicólogo. Pasó una temporada en casa de sus hijos, quienes la acompañaron en el largo proceso de recuperación.

«Llegué a tener dos meses una botella sin tocar pero sí, era alcóholica»
«Al médico le costó diagnosticar mi alcoholismo porque yo igual pasaba días sin tomar, pero frente a cualquier problema volvía (…) Ese doctor fue el que me sacó adelante junto con los grupos de Alcohólicos Anónimos. Él me prohibió irme para afuera y me dejó a cargo de mis hijos. Estuve seis meses así y dos días bebí alcohol. No en demasía pero volví a hacerlo. Entonces un primo que se dio cuenta y, que había estado en A.A., me dijo ‘yo te voy a llevar a un lugar donde te van a ayudar. A Alcohólicos Anónimos’

«Con los grupos empezó mi nueva vida»
A la primera reunión fue su esposo, también motivado por el primo de Ilsa «nosotros ya estábamos separados pese a que vivíamos en la misma casa (…) Él era la única persona que me decía que era alcohólica pero no me ayudaba. Al contrario, me subestimaba cada vez más y decía que el problema de alcoholismo era sólo mío, cuando no era así (…) Mi primera reunión de A.A. fue un 1 de octubre, hace 4 años, en el salón del barrio Cementerio. Me recibieron de maravillas y me hicieron sentir mejor; eso era lo que necesitaba».
Su esposo no volvió a los grupos, pero Ilsa continuó su trabajo de recuperación: «Cuando me dieron las preguntas para contestar fue que yo me reconocí alcohólica. Yo era dependiente del alcohol (…) Dentro del grupo sentí desde el comienzo que tenía salvación, que podía salir adelante (…) Si mi esposo hubiese asistido también, no le hubiese pasado lo que le pasó.
(…) Cuando yo ya hacía un año que estaba en el grupo, mis hijos me avisaron que su padre estaba enfermo y no dudé. Agarré mi bolso y me fui a cuidarlo al campo. Atendía a dos enfermos, a mi esposo y a mi madre.
Él falleció a los seis meses y me vine con mamá a San José. Ella hace dos años que murió».
Al tiempo Ilsa volvió al campo. Al estar libre de alcohol empezó a surgir su yo interior: « Ahora bailo tango, hago hidrogimnasia, manejo mi auto, voy a los grupos de A.A.y llevo una vida feliz rodeada de mis hijos y de mis ocho nietos (…) Hoy soy una mujer libre e independiente» nos dice orgullosa.

Quienes recuerdan los inicios de Ilsa en el grupo de A.A. dicen que en ese momento conocieron a una Ilsa totalmente diferente a la actual. Ésta nueva tiene poder de decisión y es ella misma.
Nos despedimos en la puerta del Hogar Católico. Ellas van a terminar unos trámites y yo voy para el otro lado. Se alejan conversando animadamente; me gusta verlas sonreír. Percibo la amistad que entablaron cuando las ‘papas’ quemaban. Hoy, es tiempo de disfrutar.

Años de trabajo en San José

El próximo viernes, 6 de agosto, Alcohólicos Anónimos cumple 34 años en San José.
El primer grupo se inició a instancias del maragato Antonio G. y de su esposa (no alcohólica) en 1976.
A los pocos días, el doctor Ruiz se acercó a colaborar con la causa
Pasaron un par de meses y seguían solos los tres. Pero el médico observó que el cofundador seguía sobrio y pensó que daba resultado. Con ese motivo, salió una publicación en el periódico «Los Principios», que fue leída por la esposa de Camilo D. Ésta le dice a su pareja que elija entre el juez y Alcóholicos Anónimos. Camilo se decide por A.A. y va con su esposa.
Gracias a la dedicación de Antonio y Camilo hoy el grupo celebra un nuevo aniversario.

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