“Hijo de la calle”

«Yo me crié en la calle, lustrando zapatos y vendiendo diarios. Eran otros tiempos. San José era de adoquines, todavía…”

Estela Sellanes

José Montesdeoca Del Castillo (Chino), 72 años.

José Montesdeoca del Castillo (Chino) nació en el año 1939. A los 6 o 7 años ya andaba en el centro lustrando zapatos. Fue modelo del Museo, posaba para los pintores en los tiempos de Dumas Oroño, cuando Nantes era aprendiz.
“Estaban Horacio Delgado, Arquímedes Fernández, «Dunga»… A Nantes lo conocí lustrando zapatos una noche en el Club San José, como a las ocho de la noche, un día frío de invierno. Me llamó y me preguntó si me animaba a posar para que ellos me dibujaran. Me prometieron una propina, me entusiasmaron y fui. Yo tendría 9 años…
Entramos por calle Treinta y Tres. Era todo un patio de baldosas coloradas y había unos naranjeros a mano derecha. El taller estaba subiendo por una escalerita de fierro. Cuando entramos estaba oscuro, casi disparo, no me animaba… De repente baja una persona y tomé un poco de coraje. Cuando entré al taller había mucha gente. Estaban todos dibujando. Muchachas que hoy son señoras. Estaba Margot Martínez, que cuando eso pintaba, Nenusa Pérez, la de Quintana… Una barra de muchachas.
Estuve posando como tres años en el Museo… Y a mí me servía porque en esos años me daban buena propina.
Después me hizo un yeso un escultor, un hombre que era calador del Molino Gramont. Yo le posaba de mañana. Al maestro Bernasconi también le gustó la idea de hacer un yeso y yo posaba para los dos.
Después me agarró “Pancho” Donato, un hombre que fue Intendente de San José por los Colorados, que trabajaba mucho en el Juzgado. Hacía carbonilla y óleo. Me hizo cualquier cantidad de retratos. Me hizo un medio cuerpo, un óleo que después llevaron para la casa de los Batlle. Él hizo el famoso cuadro del lustra botas. Lo presentó en un concurso en Paysandú y sacó un segundo puesto. Era una carbonilla. Me dijeron que esa carbonilla la tiene Magnou ahora.
También le posé a Dante Cola.
Antes que falleciera Nantes le pregunté si le quedaba alguno de los dibujos y me dijo que no. Pero en el Museo, en los depósitos tiene que haber algo. La cabeza de yeso de Bernasconi tiene que estar.
Después le posé a Dumas Oroño en su casa. Él vivía por Sarandí entre Ansina y De tomasi. Yo iba de mañana, tomaba el café con leche en su casa y le posaba».

Los cafés
«Nosotros no dábamos abasto a lustrar zapatos, desde las 12:30 hasta las 2 de la tarde, en el café de Borda, donde está el Banco de Seguros, en Treinta y Tres y 18 de Julio y el Café del Grandi, lo que después fue la confitería París… Todo se llenaba de gente.
Estaba la Sambarino, una cervecería que tenía un salón grande que se alquilaba para fiestas. Se hacían bailes y el recreo de noche en tiempos de verano, porque tenía un patio grande con arbolado y un escenario. Venían muchas comedias. Se ponía una cartelera en la plaza y siempre buscaban a algún botija para que la llevara. Siempre iba yo.
También llevaba la cartelera del Museo; se ponía en la esquina en diagonal al Macció. Anunciaban exposiciones o lo que había. Era un cartel con dos patas de madera».

«Yo andaba casi siempre con los pintores. A Ramela también lo conocí lustrando zapatos. Él vivía en la cuadra del Macció antes de llegar a Treinta y Tres. Me decían el “Sapo”. Y en el Museo me pusieron «Monadita». Depositaban mucha confianza en mí para hacer los mandados y para cualquier cosa. Yo, siendo ciado en la calle siempre tuve buena conducta.
Vivía con mi madre y mis hermanos pero me gustaba más la calle. Yo era hijo de la calle, a veces me quedaba en el centro.
Había mucho ambiente en esos años en el centro. Había Café Concert, con actuaciones de guitarristas y cancionistas. Se llamaba Le Petit Palace; quedaba donde ahora está el Banco Hipotecario. Era el Café de Curbelo. Había un escenario y venían números a actuar. A mediodía había que empujar la gente para entrar… Mucha gente casi todos los días.
También funcionaba el Club San José. Estaba García de portero. Nosotros le decíamos Frankestein; era un hombre grandote y andaba siempre de traje negro. ¡Si me habrá echado de veces a mí! No me dejaba entrar porque yo andaba todo sucio, desaplicado. Al Club había que ir por lo menos de corbata…»

«Los pintores tenían muy buena amistad entre ellos… El Museo estaba en auge porque recién empezaba. Yo te estoy hablando del año 48 por ahí. Me acuerdo cuando pusieron los farolitos que están afuera. Me daban 20 centésimos por limpiarlos una vez por semana…
«En aquella época había amistad, no había falsedad, no había envidia. Era todo muy distinto».

El juego
«Había juego; se jugaba mucho en San José. Timba por plata. Era clandestina pero se jugaba. Había muchachos que ‘se pelaban’ a veces y me pedían algún calce. Yo, como siempre andaba lustrando, con algún peso, calzaba algún 5 reales y si ellos hacían algún peso me tiraban también…
Cinco o seis bares no cerraban en toda la noche, siempre con gente. En calle Asamblea estaba La Cachimba; estaba el Café del Grandi; Borda… Todos esos bares cerraban a altas horas de la noche. En lo de Borda estaba el Jockey Club y llevaban las apuestas de carreras.
En esos años pasaban muy pocas cosas en San José. Se pedía permiso en la Jefatura para jugar al Gofo. También se jugaba al Monte. Estaba la rueda. Estaba permitido jugar seis. Cuando se jugaba al Monte siempre había una puerta de escape para cuando llegara la Policía. El “puerta” avisaba y todos se escapaban. Los seis del Gofo seguían jugando. Cuando la Policía llegaba levantaba la rueda, los nombres de los que estaban jugando. Eso servía después, porque cuando ocurría un robo, la Policía tenía control y sabía quiénes no habían sido porque a tal hora estaban jugando…»

Los Ford T
«En aquella época andaban carros en la calle. Fort T. Conocí taxímetros Ford T, como el de Garrido. En el centro eran muy poquitos los taxímetros. Por calle 18 frente al Macció estaban la «Vieja» Arias y el «Chivo» Díaz, que tenía un Ford A de cortinas.
Del Club San José para abajo estaba la Confitería La Familia; ahí paraba un señor Bonilla que tenía un coche grandísimo. Y frente al Café del Grandi había tres o cuatro taxímetros…
El pueblo era chico. Los barrios como el Exposición y el Industrial siempre existieron, pero había muy pocas casas…»

Los charrés
«En esa época se usaban unos sombreros de pajilla que los vendían en lo de Marra. Eran de ala bien dura con una copa. Creo que eran hechos de paja de trigo. Se usaban mucho.
El paisano vestía de botas. En el centro se veían más paisanos que otra cosa. Venían en charré.
En lo de Scavino (la Fonda de Ibarra) había herrería para herrar los caballos y caballeriza para dejar los charrés. Quedaba donde ahora guardan los vehículos de la UTE, por 18 de Julio entre Colón y Sarandí. El Hotel agarraba toda la esquina. Había 23 o 30 charrés todos los días. Lo que pasa es que el paisano, para venir al pueblo precisaba tres días: un día para venir, un día para estar y otro para irse. Había gente que venía de 10 o 12 leguas a hacer compras y visitar el pueblo…»

El tren
«Los ómnibus y los taxímetros eran pocos y los trenes venían llenos de gente los días de Ánimas.
El tren era la mejor locomoción que había… Los ómnibus que venían de Montevideo eran unos Aclo viejos, de media cabina, cortados. Demoraban añares para llegar a Montevideo. Y a veces no podían por el barrio y las carreteras de balasto…Para ir afuera pasaban una peripecias bárbaras».

Las mujeres
«Las mujeres casi siempre andaban de pañuelo en la cabeza; era bien típico el pañuelo… Vestían pollera o vestido. De pantalón veías a una mujer de casualidad.
Fumar, a una mujer, se veía muy poco. Y sin embargo las viejas de antes fumaban todas. Mi abuela fumaba tabaco negro Tres Estrellas y murió de 98 años. Cada vez que yo iba a verla le llevaba un paquete…».

El barrio
Industrial

A los 18 años Montesdeoca se mudó al barrio Industrial: «Este barrio antiguamente era el más grande de todo San José. Acá fue la cervecería, la fábrica de alcohol y hubo curtiembre; cuando yo me mudé, sacábamos porrones de la cervecería; la botella era de losa, decía ‘Cervecería San José de Mayo’ y tenía un escudo celeste. Quedaba en una casa grande en calle Las Piedras.
Cuando yo me mudé no había nada acá, sólo dos casas y la casa grande de la cervecería. Era todo campo…
Por algo le decían el barrio Industrial. Había fábricas de todas clases. Donde están los galpones de la Intendencia había una lanera; yo alcancé a conocerla.
Había dos caleras: una donde está el taller del Buby Barrios y la otra donde está Transs. Un auge bárbaro había. Estaba el Molino Gramon.
En Manuel D. Rodríguez, del águila para abajo hubo una fábrica de alcohol, después una curtiembre. Así que mirá si tenía auge este barrio. Y ahora le quedan dos manzanas: empiezan en lo Dotta y es un triángulo, porque desde Della Hanty hacia el este es el barrio Las Palmas y de Larriera para el oeste es el barrio Manuel Artigas. Así que el Barrio Industrial es una punta de Lanza, nace en lo Dotta y muere en la carretera».

En la próxima edición:

«En Dictadura yo ya era grande… Llevaba carne a Montevideo cuando eso. Empecé de muchacho, después que dejé la calle. Tendría 16, 17 años…».
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One Response to “Hijo de la calle”

  1. Pilar Abbate montero says:

    muy bueno.

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