La canción del Mundial

Ernesto Baquer

El Himno oficial de Sudáfrica, sobre el que escribí la semana pasada, lo pudimos escuchar el miércoles, al comienzo del esplendoroso 3 a 0. Pero lo que más hemos oído, como portada de muchos programas, es el Waca waca, el himno oficial del Campeonato de Fútbol de Sudáfrica. Y que podemos ver y oír en internet, cantado en español, en: http://www.youtube.com/watch?v=HEXOSDcT3H0. Incluso nos enseñan a bailarlo, en http://www.youtube.com/watch?v=POnKsJygohI&annotation_id=annotation_983455&feature=iv.
La FIFA decidió declarar himno oficial a esta canción de Shakira y lo incluyó en el disco oficial de la Copa del Mundo. En la ceremonia final del campeonato, el 11 de julio en el Johannesburg Soccer City Stadium, Shakira la interpretará con el grupo sudafricano Freshlyground. La canción combina ritmos e instrumentación afro-colombianos con la soca (derivada del calypso) y guitarras sudafricanas. El estribillo, en cualquier idioma, siempre es el mismo:
Samina mina ¡eh! ¡eh! – waka waka ¡eh! ¡eh! – samina mina Zangaléwa – porque esto es África.

¿Esto es de Shakira?
El estribillo es un canto de Camerún que hizo muy popular el grupo Golden Voices, de 5 amigos soldados, allá en los 80 y que vemos en http://www.youtube.com/watch?v=WY053xz90jw&feature=related. Esa canción tuvo tanto éxito, que originó un nuevo estilo: Zangalewa. Los creadores cantaban, en tono jocoso, lo que se les obligaba a hacer a los soldados: trabajar, oír y callar, ser ordenados. En una lengua del sur del Camerún: Zangalewa significa ¿quién te ha llamado a este merequetengue? Y saminamina «¿quién es la persona?». También podemos verla interpretada por un grupo de niños, con una coreografía muy sencilla, en setiembre 2009: http://www.youtube.com/watch?v=lUGzOQZncck&feature=related.
En plena euforia futbolística, uno no escapa de la fiebre deportiva. Ni de la propaganda empresarial con centenares de sudafricanos negros alegres, entusiastas. Que tiene su base en la realidad del pueblo. Pero alguien nos tiene que mostrar otros aspectos de esa realidad. Sergio Ferrari en «El otro mundial», de Adital, nos hace oír la otra campana que casi nadie hace resonar. Por un lado los enormes intereses económicos, los inmensos derechos de televisión, los cuantiosos premios para los triunfadores, las cantidades que se pagan a los jugadores. En una Sudáfrica que está muy lejos de superar las enormes desigualdades de la época del apartheid. Todavía hoy es una de las diez naciones del mundo con mayor desigualdad interna. Es verdad que, en los últimos 15 años aumentaron el 37% los ingresos de la población negra, pero el de los blancos creció el 83%. Una tercera parte de la población en edad de producción no tiene empleo, especialmente los jóvenes negros: el 70% no encuentra trabajo al acabar los estudios. El salario de los obreros que han levantado los estadios sólo alcanza 2/3 del salario mínimo. Y la esperanza de vida bajó de 62 a 51 años.
Es verdad que hace quince años, la población de color vivía una situación peor que la de nuestros asentamientos: trabajos durísimos, salarios miserables, malas y escasas escuelas y hospitales, médicos insuficientes, profesores sin preparación, casas sin agua, saneamiento ni electricidad, transportes destartalados… Todo, todo, «sólo para negros»… Muy diferente a lo que era «sólo para blancos». El rechazo internacional, la voluntad interna y la acción de Mandela y el Congreso Nacional Africano, consiguieron dar el voto a la mayoría negra y comenzar a enderezar el camino.

¿Y el SIDA?
El informe que aportó la BBC es escalofriante: 250.000 sudafricanos murieron de SIDA el año pasado. Todos los días se contagian unas 1.500 personas, sumándose así a los cuatro millones ya infectados. El SIDA ataca con más virulencia donde hay miseria, hambre y desnutrición, y falta una atención sanitaria decente. También donde los hombres dejan sus hogares en el campo para buscar trabajo en las ciudades; donde se ignora a las jóvenes y mujeres que tratan de negarse a tener relaciones sexuales sin protección.
Lo que muchos piden es muy sencillo: que el gobierno proporcione medicamentos contra el SIDA -o inhibidores retrovirales- a las mujeres embarazadas, para así proteger a decenas de miles de niños de esta enfermedad. «Se le da el medicamento a la mujer durante el parto, luego tres gotas al bebé después de nacido, y eso es todo. Con esas sencillas medidas se puede salvar a la mitad de los bebés que de otra forma habrían nacido con el VIH». El gobierno del país, afirma que, con una infraestructura sanitaria miserable -en los asentamientos todavía para los barrios negros- no puede costear los medicamentos, y acusa a las empresas farmacéuticas multinacionales de tratar de beneficiarse de la crisis provocada por el SIDA en África. Entonces, ¿por qué no fabricar los retrovirales en el país o se importan los genéricos de la India y las Filipinas?
Algunos se plantean que, quizás el gobierno no quiera introducir tensiones en sus relaciones con su gran aliado, Estados Unidos, ni con los potenciales inversionistas extranjeros. Fabricar los genéricos iría contra del principio de libre comercio y podría sentar un incómodo precedente en un país en vías de desarrollo.
Quizá, por tener mala conciencia, la FIFA destinará todos los beneficios derivados de la venta del álbum a la campaña benéfica de la FIFA 20 Centers for 2010, cuyo objetivo es conseguir a través del fútbol un cambio social positivo, construyendo 20 centros «Fútbol para la esperanza» a lo largo de todo África, que contribuyan a solucionar problemas de salud y educación. ¿Suficiente?

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