Sin ideas no hay certezas

El debate de ideas puede situarse más allá de los adjetivos: malos y buenos o la adjudicación de intenciones: ruines y generosas. Sin descuidar, claro, que los intereses definen -en gran medida- las corrientes de pensamiento. Ni que la desideologización que nos propone el pragmatismo moderno, es también instrumento de intereses.
Continúo con esta especie de ‘recorte y pegue’ con ideas ajenas, por él transitamos en busca de la claridad perdida.

David Rabinovich

En una interesante nota, Álvaro Cuadra1 define al candidato: «miembro de una acaudalada familia y ex ministro, promete un gobierno de unidad nacional que garantice la seguridad democrática». Se refiere al colombiano Juan Manuel Santos, pero el analista chileno lo pone como ejemplo de los nuevos liderazgos de la derecha latinoamericana.
Advierte que prometen «la superación de la pobreza y la creación de empleos a través de una acelerada modernización de índole neoliberal».
Estas «promesas de bienestar, dirigido especialmente a los sectores medios» se complementan con las de «mano dura amparada en la fuerza militar o policial para combatir la delincuencia o la guerrilla y, al mismo tiempo, la creación de muchos puestos de trabajo mediante el crecimiento económico».
Constata que es un «discurso, repetido hasta la saciedad por los medios, (que) ha barrido del imaginario social latinoamericano aquellas banderas de lucha que clamaban por una real justicia social, esto es, por una redistribución del ingreso, el respeto de los Derechos Humanos y un papel preponderante del Estado frente a los grandes consorcios nacionales y extranjeros».
Las nuevas derechas «llegan al poder con el apoyo explícito de los sectores empresariales». Y la alternativa que ofrecen «significa en los hechos la instauración de democracias de seguridad nacional, un diseño político y social que le otorga continuidad a las tesis esgrimidas por los militares latinoamericanos en la década de los ochenta».
Es una estrategia diseñada para enfrentar el ejemplo de «gobiernos instalados más a la izquierda, como es el caso de Bolivia, Venezuela y Ecuador».
De esta forma «la realidad de Latinoamérica aparece escindida en dos grandes polos que orientan la política regional. Una realidad que, fuera de dudas, dificulta los procesos de integración».
Este dilema se repite, como esquema de disputa por el poder político -nacional y local- en Uruguay; y sugiere caminos para avanzar en el análisis de nuestras realidades. Muestra, además, que cerca aparecen las corrientes más pragmáticas del progresismo, -en su afán de ser legitimadas por «todos»- de las ideologías de cuño neoliberal.
La nueva derecha asume, más o menos explícitamente, que «La libertad la produce la estructura del mercado con sus empresas privadas. La verdad la produce la estructura de medios de comunicación, en cuanto es controlada por la propiedad privada. La democracia la produce una estructura de elecciones, que asegura la libertad producida por las empresas privadas…» 2 Según este analista alemán queda instalada ‘científicamente’ «una estructura argumental que excluye (…) cualquier resultado crítico al lema según el cual la empresa privada produce libertad…»
La nueva derecha apoya su credo fundamental en «la oposición  de fines y conductas entre el Estado y los empresarios; la ineficiencia per se del Estado y la eficiencia del sector privado; la responsabilidad del Estado en el fracaso económico; la privatización como solución a la crisis; la libertad económica como fundamento de la libertad política; y la superioridad ética de la economía de mercado» agrega Samuel Moncada. 3
«Se supone que un fracaso se mide estableciendo la correspondencia del proyecto con su realización: ¿y en referencia a cuál proyecto ha fracasado hasta ahora, en cinco siglos, América Latina?» 4 (…) «el fracaso de A. L. consiste en no ser como EE.UU» reflexiona otro latinoamericano: Manuel Caballero.
Caballero aporta además algunas útiles advertencias para el análisis de las argumentaciones que se esgrimen: «No constituye prueba alguna la mera afirmación…» aunque «en la propaganda política, eso se deja de lado». No admite «usar la acusación como prueba… (ni) recurrir al refuerzo de una opinión con otra, o con un testimonio hostil y por lo tanto, recusable».
Advierte el analista sobre el razonamiento cuando «se escoge un enemigo ideal, se le atribuye -generalmente exagerada- determinada opinión y es una fiesta alegre refutarlo».
Veamos uno de los ejemplos que pone: «En sí mismo, el latifundio no tiene porqué ser improductivo, ni socialmente nefasto». Para el autor esa afirmación parte de una «media verdad» y se atribuye una opinión (a la izquierda) de la que no es fácil citar fuente autorizada. Para la izquierda, latifundio es una gran extensión de tierra que, precisamente, no cumple los fines o funciones sociales señalados antes. Si los cumple (es productiva y no explota a la gente), es una empresa que trabaja mucha tierra.Sería otro tema, pero no un latifundio.
Nos advierten los autores citados respecto a la retórica que presenta una realidad idealizada, que no condice con la vida concreta de la gente, ni con la historia. Hay ideas que han mostrado que sus resultados prácticos pueden ser cuestionados por sus consecuencias, aunque luzcan «neo»: rozagantes y rejuvenecidas.

1 Álvaro Cuadra, investigador y docente de la Escuela Latinoamericana de Postgrados. ELAP. Universidad ARCIS, Chile. «La nueva demagogia latinoamericana»
(http://alainet.org/).
2 Franz J. Hinkelammert, Dr. en Economía, cientista social alemán, radicado en Costa Rica. «Democracia y nueva derecha en América Latina» (Revista Nueva Sociedad Nº 98, Nov. – Dic. 1988).
3 Samuel Moncada, historiador venezolano, investigador. «Derecha intelectual y grupos empresarios» (Idem.)
4 Manuel Caballero, historiador, ensayista y periodista venezolano. «Para una radiografía del pensamiento» idem.

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