Por sí o por no, las corbatas hablan

Escribe: Mirtana López

Una serie televisiva
¿Han visto la serie cuyo título es Lie to me (Miénteme)? Sabrán entonces que algunos policías con formación en psicología y antropología y un jefe muy sagaz, son capaces de llegar al fondo de un muy intrincado dilema en base a su increíble percepción de la gestualidad involuntaria de sus indagados. Un respetado médico -por ejemplo-, es uno de los sospechosos por la muerte de una joven. Sin descartar las demás pericias y los recursos de inteligencia policial reales o un tanto ficcionales, el equipo llega a descubrir su culpabilidad porque, en el momento de relatar su coartada, la ceja derecha tembló apenas y reveló en él al mentiroso. Así, de forma tan «fundamentalista», está utilizada la observación de las respuestas humanas involuntarias a situaciones inesperadas. Y muy exageradamente también, «se la juegan» a la verdad que está detrás. ¿Acaso se sospecha que la esposa del médico y el posible asesino tienen relaciones? Al responder, la dama ha cruzado sus manos de tal forma que demostró la falta de fundamento de la sospecha. Es decir que el relato que hace la serie, revela una confianza absoluta en la lectura de los gestos.

Los mensajes de los lenguajes
Por otra parte, una información divulgada sobre el investigador Albert Mehrabian, quien descompuso porcentualmente el impacto de un mensaje nos informa que el 7% es verbal, el 38% vocal (tono matices y otras características) y un 55 % señales y gestos. Asimismo afirma que en una conversación cara a cara, el componente verbal es un 35% y más del 65% es comunicación no verbal.
Aunque esta apreciación no fuera verificada científicamente, sabemos que el rol de la gestualidad en el lenguaje es tanto o más importante que el de la palabra. Acorde con él estará entonces el rol de delator de mentira y verdad en la comunicación de todo mensaje.
Al mismo tiempo, mucho se habla del lenguaje de la imagen como opuesto o como complementario al de la palabra. Y en esa relación de amor- odio, muchos son los análisis que atienden a nuestra condición de abandono de la palabra para transformarnos en seres de la imagen y de seres que hemos dejado de ser integrados a nuestro mundo inmediato para estar «informados» globalizadamente. Todos lamentamos que el libro ya no ocupa el lugar de sustento del pensamiento, que la palabra escrita pierde vigencia, que los mensajes son cada vez más breves, más sintéticos, más confusos, superficiales y anodinos. Cuando seguimos una información televisada, si nos hace pensar, no apela a nuestra reflexión como lo hace un texto escrito. Entre estos enfoques giran las preocupaciones actuales de docentes, padres, escritores, filósofos, estudiosos de la comunicación.
La realidad cotidiana es espectáculo, al punto que la reacción más espontánea puede ser: «Bueno. A cuidar todos los gestos. Para ser bien interpretados, no hay que hacerlos».
Sin embargo, todo el mundo está de acuerdo en que no hay manera de no «hacer gestos», que no hay manera de «no comunicar». Porque cuando `tranco´ la boca para no reír o llorar, también estoy expresando mucho. La voluntad de no expresar. Por lo menos.

Las imágenes que vemos
Este mundo de la imagen hace que cuando elijo una vestimenta, consciente o no, estoy comunicando. Primariamente, si es mi mejor ropa o si estoy «de entrecasa». Colores, brillos, calidad, modelo: todo expresa y comunica.
Cuando un mandatario occidental tiene que asistir a reuniones cumbre, que cada vez se realizan más y cada vez son más un espectáculo, su imagen también es lenguaje. El traje con corbata optado por Occidente casi como uniforme, quizá cumple la función de comunicar lo menos posible. (Hablamos por ahora de hombres; las primeras figuras damas, pueden ser otro capítulo). Por oposición, el saco sin corbata entró en el código de «vestimenta sport».
Por eso, cuando el Pepe llegó a la Presidencia, todo el Uruguay sabía que el traje y la corbata iban a ser un problema serio. Mucho más serio de lo que merecen ser. Así vimos cómo el hombre, valiente todavía, dejó las guayaberas, las camperas, y se decidió a lucir traje o saco. Sin embargo, ni su probada resistencia le ha permitido seguir por completo el consejo de Lula y asumir también el uso de la corbata.
Así llegamos a la noche del martes 25 de mayo cuando José Mujica y Mauricio Macri entran juntos a la fiesta de inauguración del Teatro Colón. Uno muy erguido y de corbata; el otro, encorvado y sin ella. El primero, con sus manos en errático gesto y rostro de triunfador; en tanto el Pepe se sonríe, canchero: ¡A mí con el Colón!
A sus lados, dos actoresporteros, ujieres, cancerberos, guardan la entrada, uniforme y pelucas virreinales. (¿No festejábamos la independencia? Detrás se ven tres hombres más. ¿Custodios? Dos de corbata. Uno, sin ella.
A la noche siguiente, vuelve el Pepe a estos magníficos lugares. Ahora, a la Casa Rosada donde la presidenta Cristina recibe a los mandatarios latinoamericanos. Subiendo la escalera, rodeado de engolados y seguros diplomáticos, el Pepe va tratando de prender el rebelde cuello mao de la camisa rayada. (¿No habría sido más fácil una corbatita fina?)
Pero las no corbatas siguen hablando y dan su mensaje. Rafael Correa, de presencia ecléctica y camisa lejanamente aborigen, está cómodo. Evo Morales, sonríe, con su incambiado porte de indígena íntegro. Fernando Lugo, desde su cuello lejanamente eclesial, nos confunde un poco. José Mujica, multiétnico y popular, se amolda.
Latinoamérica se está rebelando. Esta ausencia de cuatro corbatas todavía lo expresa.

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