Ensayo sobre la lucidez

Escribe: Dr. Baltasar Aguilar Fleitas

«En tiempos de cambio, quienes estén dispuestos a aprender heredarán la tierra, mientras que los que creen que ya saben se encontrarán bellamente preparados para un mundo que ya dejó de existir».
Eric Hoffer
(escritor y filósofo estadounidense)

-Elecciones municipales. Llovió intensamente. No se observaron electores en los lugares de votación hasta muy avanzada la tarde, cuando la lluvia cesó.  «Mal tiempo para votar, se quejó el presidente de la mesa electoral número catorce después de cerrar con violencia  el paraguas empapado y quitarse la gabardina que de poco le había servido durante el apresurado trote de cuarenta metros que separaban el lugar en que aparcó el coche de la puerta por donde, con el corazón saliéndosele por la boca, acababa de entrar».
(Por aquí no llovió, como en Portugal, pero la lluvia fue sustituida por el frio climático y espiritual. Los candidatos, después de cuatro elecciones,  llegaron a ese día con el rostro desencajado y la lengua afuera, pidiendo agua  por señas. Los ciudadanos, hartos de tanta democracia. Algunos vecinos perdieron en algunos meses  el sentido de la audición por culpa de tanta vocinglería. Otros, se mostraban satisfechos por haber  ganado en indiferencia. Unos pocos repetían de memoria algún jingle pegadizo:  «si no tienes nada para decir, inventamos un jingle»,  le había dicho un especialista publicitario a más de un candidato, como  repitiendo una fórmula de validez universal).
– «Hubiera sido preferible retrasar las elecciones, dijo el delegado del partido del medio, desde ayer llueve sin parar, hay derrumbes e inundaciones por todas partes, la abstención, esta vez, se va a disparar. El delegado del partido de la derecha hizo un gesto afirmativo con la cabeza, pero consideró que su contribución al diálogo debería revestir la forma de un comentario prudente. Obviamente, no minimizaré ese riesgo, aunque pienso que el acendrado espíritu civico de nuestros conciudadanos, en tantas otras ocasiones demostrado, es acreedor de toda nuestra confianza, ellos son conscientes, oh sí, absolutamente conscientes, de la transcendente importancia de estas elecciones municipales para el futuro de la capital»
(La seguidilla de elecciones por estos lares, causa del agotamiento de nuestros candidatos y del hartazgo de nuestros ciudadanos, fue un invento apresurado, poco genial, una «moñita» de corto plazo, un pan para hoy y un  hambre para mañana, inventada para favorecer a algunos y perjudicar a otros, pero magistral en el engaño: se logró infundir la creencia  benéfica, la regla de oro,  aquella que dice que más elecciones equivalen a más libertad para elegir y a más democracia).
-La tranquilidad se apoderaba transitoriamente de los espíritus: era claro, no había electores por culpa del mal tiempo. Poco a poco, sin embargo, fueron llegando los ciudadanos a sus lugares de votación: de la tranquilidad a la alegría, este pueblo siempre responde cuando es llamado a dirimir asuntos públicos. No se equivocaban quienes habían pronosticado una «jornada ejemplar».
(Cuando mucha gente vota, más allá de la obligatoriedad de hacerlo,  hay motivos para que los publicistas se regocijen porque sus estrategias han logrado movilizar al pueblo. Los medios de difusión se autojustifican pues no se han dedicado inútilmente a llenar columnas y a decorar tapas con asuntos electorales y con los dimes y diretes de los candidatos, bajo el riesgoso supuesto que eso, precisamente eso, es lo que más le importa al ciudadano común).
-Llegó la hora de abrir las urnas: pese a todo, la cantidad de  votantes había sido abultada. Pero…. el resultado final sí que era preocupante: más del 70% de los votos eran votos en blanco.  Se generó y difundió una idea que generó pánico: las bases mismas de la institucionalidad quedaban cuestionadas, la situación no podía soportarse. Las autoridades de gobierno deliberaron. No era posible dejar pasar así como así esta actitud, no era posible que fuera una decisión soberana y libre del pueblo, alguien debería  estar detrás de esta gran maniobra, sólo se podía  explicar por la acción concertada  de mentes enfermizas, de verdaderos anarquistas. Era  necesario investigar. Se decretó el estado de sitio, encontrar  a los culpables o inventarlos era  la consigna. Se desató la persecusión.

****************
Por estos días parece  recomendable  releer la novela «Ensayo sobre la lucidez» del escritor portugués José Saramago sobre la cual he trabajado en una versión libre.
No sólo para divertirse –la ficción siempre nos permite escapar de la dura realidad—. También para reflexionar sobre los mensajes que el 9 de mayo el  pueblo, por suerte cada vez más indisciplinado, le ha enviado al sistema político.  ¿Renunciaremos como el alcalde de la ciudad portuguesa? ¿Buscaremos un culpable? ¿O lo inventaremos? ¿Nos iremos del país buscando un pueblo más indulgente con el poder? ¿Festejaremos –porque cada uno, pese a todo,  tiene sus motivos para hacerlo—, y después nos olvidaremos de lo sucedido?  ¿O sin dramatismos iniciaremos  un proceso de fecunda crítica y autocrítica que redefina algunas claves del sistema? ¿Lo haremos? No sólo pregunto, es que tengo dudas.

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