¿Un chico como tú metido en un lío como éste?

ERNESTO BAQUER

Algo así me preguntaban ayer –precisamente al día siguiente de las elecciones departamentales- en Radio Encuentro, sobre cómo, siendo cristiano, estaba metido en política. Yo les contesté: Es que uno que no participe en política ¿es cristiano?, ¿tiene humanidad? ¿Cómo puedo no interesarme, por ejemplo, en tantas cosas que se juegan en la política municipal? Como que la ciudad de San José tenga 4 veces más picos de luz que Ciudad del Plata, según el libro que publicó hace un mes la Intendencia. Que tengamos, en el tránsito, 4 veces más muertos y 3 veces más heridos que hace 5 años, según la policía. Que todos conozcamos alguien que se ha roto algún hueso, por cómo están las veredas.… Todo eso tiene que ver con lo que hace y cómo lo hace, o lo que no hace el Municipio. Y si a alguien no le interesa, ¿no se tendría que borrar de la ciudad, la fe, la humanidad?.

Conversamos, entre todos en la radio, que hacer política no es cosa de 4 locos. Más tarde, pensaba que, si política, etimológicamente es «los asuntos de la polis», de la ciudad, todos jugamos en la política, a favor o en contra. También los políticos desilusionados que, deciden quedarse en casa, porque así entregan el poder político a los que buscan su beneficio personal, económico, de prestigio, de poder y no el beneficio de la ciudad. Recuerdo una frase, algo así como «el problema no es el mal que hacen los malos, sino el bien que no hacen los buenos».

¿Ser cristiano y no ser político?
En la radio les decía que, para mí, un creyente a quien no le interese la política, que la desprecia, es que no tiene suficiente fe, ni humanidad, ni inteligencia. Quizá rece el Padre nuestro, pero en realidad ni dice Padre, ni dice nuestro. Está diciendo algo así como «Protector mío», de quien se espera salud, dinero y amor para mí y para los míos y a quien le parece bien favorecer a los correligionarios. Pero ese no es el Dios de Jesús: Padre que sugiere, que anima, impulsa la libertad de sus hijos. Ni es nuestro, de todos los hombres. Ni los demás son mis hermanos. Ni su Reino a construir es el de la justicia y la paz para todos, sino el beneficio personal.
En un grupo estábamos leyendo un día el texto de Mateo (cap. 25) donde presenta a Jesús reconociendo a los que han tenido corazón con los que tienen hambre, los que tienen sed, los caminantes, los de las cárceles, los sin hogar. Al preguntar en el grupo, si eso tenía que ver con la política, una señora respondió rápidamente: «Nada que ver». Como si la política, incluso partidaria, fuera la manzana podrida con la que no nos podemos juntar las manzanas sanas. Como si el criterio de tener humanidad con los más abandonados, no fuera el de Jesús.
Creo que un cristiano que actúe en política, especialmente en momentos adversos, elige seguir las huellas de Jesús, «que no vino a ser servido, sino a servir». Que vino a darse por los demás, hasta el fin: «como el grano de trigo que, al caer en tierra, si entrega su vida, da mucho fruto, pero si se niega a dar su vida, no sirve para nada».
Servir a, o servirnos de
En lugar de «servir a la gente», todos podemos «servirnos de la gente», sacando algún provecho material, de poder o de prestigio. La tentación está en cada uno y en cada partido político. También en los que parecen más desinteresados. «Si quieres conocer a Juanito, dale un carguito». La cercanía del poder es tremendamente corruptora. Bien conocemos todos, junto a otros ejemplos admirables, en las elecciones del domingo, el juego sucio, tan solo, para asegurarse candidaturas. O las reacciones de bastantes cuando –porque ganan mucho- el IRPF les toca el bolsillo. O la gente que vota teniendo en cuenta los viajes de balasto.

Me produce mucho dolor ver la actuación de algunos políticos que van a misa después de votar. Valdría más que cambiaran de conducta. Pero tampoco yo me puedo sentir el rey del mambo. Ellos, y todos los cristianos que los votan, son mis semejantes, no son «el enemigo». Lo que me parece que yo debo hacer es tratar de comprender al diferente, porque cada quien tiene su historia, su entorno, sus afinidades. Y actuar con inteligencia. Así podríamos avanzar, todos, también yo, en la huella del «servicio». Los momentos amargos son especiales para vivir si lo que busco es algún beneficio personal, o el mayor beneficio de todos, de la polis, la ciudad.
Quizá lo que deberíamos aportar los seguidores de Jesús a los que no son cristianos es la esperanza en que siempre podemos crecer, la del grano de trigo, convencido que si se entrega, siempre habrá fruto. Quizá por eso los entrevistadores habían iniciado el programa con aquella canción:

«No olviden que el día y la hora crecen desde el pie,
después de la noche, la aurora crece desde el pie,
crece desde el pueblo, el futuro crece desde el pie,
ánima (soplo) del rumbo seguro, crece desde el pie».

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