«Vivir sin alcohol vale la pena»

Para no perder a un hombre nunca dijo que no. Reuniones hasta la madrugada, fiestas sexuales, violencia doméstica… Ni en la luna de miel tuvo paz.
Mónica tocó fondo y el alcohol fue su compañero de calvario.
Hoy su vida es diferente. Su madre, un amigo y Alcohólicos Anónimos, le tendieron una mano y le mostraron que vivir vale la pena.
Escuchar esta historia me llenó de emoción y orgullo… Ojalá hayan muchas más Mónicas en San José, dispuestas a dar la cara y enseñarnos a vivir.

ALEJANDRA FUENTES

A la hora pactada yo la esperaba en la puerta de casa. Mónica llegó en moto y estacionó frente a mí. Sabía que yo quería su testimonio para compartirlo y, ella estaba dispuesta.
El grabador se prendió y sin protocolos comenzó a contar su historia.
Ella tiene 38 años y pronto será su cumpleaños. Trabaja como administrativa y es hija única de una pareja que hace años se separó.
Su vinculación con el alcohol se inició a raíz de un problema familiar que arrastró durante veinte años. «Viví todos esos años con mi pareja, el hombre con el que me casé después de dieciocho años de convivencia. Ahora estoy en proceso de divorcio (…) Todo empezó con un problema de violencia doméstica, pero yo estaba tan mal que no me daba cuenta. Él invitaba mujeres a casa, a compartir con nosotros la mesa y después la cama. Allí se charlaba, se escuchaba música, se fumaba y tomaba. Empecé con un vasito y terminé con una damajuana. Entré en la rosca y sentí la necesidad de tomar. Si no tenía eso no podía estar bien, no podía vivir. No había día que pudiera estar sin alcohol; llegó a ser mi desayuno, merienda y cena (…) Tomaba para ‘volar’ porque sabía que vivía situaciones que no eran las correctas. El alcohol me hacía olvidar, me alegraba… Yo no era una alcohólica violenta. Al contrario, me reía de todo».
Un día de fiesta en su casa comenzaba temprano en la noche: «Un día antes, él me decía ‘Mirá que mañana viene fulana. Tomamos unas copas, comemos una pizzas ¿Qué te parece?’ y yo le decía que estaba bien. Qué tontería… ¡yo aceptaba para no perderlo!; decía que sí a cualquier cosa (…) Yo llegaba de trabajar, me daba una ducha y él iba a buscar a la otra mujer. La dejaba a medio camino, en determinada calle y yo iba a buscarla hasta ahí. Nos presentábamos y veníamos las dos hasta casa. Hacíamos eso para que los vecinos no se dieran cuenta, pero luego supe que ya todos sabían».
En esas fiestas Mónica tomaba y tomaba para que pasara el momento, sobre todo la hora de lo sexual «… no quería estar consciente de la realidad… él ponía el canal pornográfico, todo era una locura… Sinceramente, no nos cuidábamos y yo no tenía miedo de contagiarme nada porque estaba en otra cosa… además, estaba con él».
A las tres, cuatro de la mañana terminaba la fiesta y la mujer se iba. «él la alcanzaba en  moto hasta su casa o la dejaba en algún lado. Unas venían de Villa Rodríguez, otras de Ecilda… y yo me quedaba durmiendo en casa hasta la hora de prepararme para ir a trabajar. A veces ni comía antes de ir (…) Me levantaba tomando y seguía en el trabajo».
Su pareja no era alcohólica: «él me decía, no tomes, pero yo no le hacía caso; tampoco él pensó alguna vez que yo fuera alcohólica. Él me decía que yo tomaba para ‘hacerme la viva’. Siempre me hablaba con palabras feas, humillándome, degradándome…».
Con su problema de alcohol a cuestas, Mónica acepta casarse hace dos años. «Yo pensé que así algo iba a cambiar. Organicé un casamiento hermoso, como lo desea toda mujer. Me casé de celeste porque es mi color preferido. Fue una boda preciosa (…) No tomé en todo el día; sólo me dediqué a atender a los invitados».
La luna de miel fue en Punta del Este «… ahí siguieron las cosas… en la primer anoche no hubo otra persona porque estábamos en otro lado, él no conocía nadie y tenía miedo. De todos modos él encontró nuevas amistades. Eso sí, me invitó a ir a un lugar y yo le dije que no… La mía no fue una luna de miel de una pareja que se quiere, que se ama… parecíamos extraños (…) Íbamos al supermercado y yo odio recorrerlos. Busco lo que necesito y me voy. A él le encantaba y recorrer todo. A veces me mandaba adentro a comprar y cuando salía él estaba conversando con alguna muchacha (…) A partir de ahí todo fue peor, hasta empecé a tener problemas y a atenderme con psiquiatra y psicólogo (…) En el trabajo se daban cuenta de que las cosas andaban mal. Yo me ponía a llorar, estaba vulnerable, depresiva… allí me desahogaba. Mis compañeros me quieren mucho y trataron de protegerme. Yo no tenía amigas para hablar, mi pareja me decía que todas eran malas. Mi mundo era él (…) Un día me llamó mi jefe y me dijo ‘Mónica vos estás tomando’. Yo se lo negué, es típico de un alcohólico negar el problema».
De la familia de Mónica quien la acompañó incansablemente fue su madre. También sus primas, a quien considera como hermanas «Mamá siempre me dijo que me veía mal, que eso no podía ser. Nunca se calló y me dijo varias veces que yo era alcohólica (…) Vivía a la vuelta de mi casa y estuve años sin verla, sin tratarla».
Mónica no tuvo hijos porque no quería criarlos en un ambiente así.
Un día, hace más de siete meses, reconoce que hizo ‘un click’. «Me fui de mi casa para lo de mi madre, con el dolor del alma. Me fui porque me insistieron que me tenía que ir, y así lo hice cuando lo resolví (…) La reacción de mi esposo fue llamarme, intentar convencerme para retenermede. Antes, muchas veces había pensado en irme, pero él me convencía porque yo pensaba que sin él no podía hacer nada, porque era una inútil».
Con irse las cosas no se resolvieron «pasé bastante duro, sobre todos los primeros momentos, de extrañar el clima de todos los días y de dejar de tomar. Porque yo en casa de mi madre no podía hacerlo. Entonces tomaba en el trabajo. Me llevaba la botella en un bolsito y, a escondidas, tomaba en el baño. Hasta que mi jefe se dio cuenta y me suspendió por dos días. Yo dije que sí, porque aunque lo negaba, sabía que mi problema era ese».
Pasaron los días y por setiembre del año pasado, llegó a la casa de Mónica Adolfo, un amigo común lo había mandado. «Un gran amigo me había dicho que para ayudarme iba a enviar a una persona, y fue así.  Adolfo me explicó qué era Alcohólicos Anónimos  y cómo podían ayudarme. Empecé a ir a las reuniones y hoy Adolfo es mi padrino (…) Mi primera reunión fue el sábado 5 de setiembre. Fui sola. Sin miedos, me animé a contar lo que me pasaba. Yo estaba tan ‘rayada’ que no tenía problema alguno de contar todo de una vez. De decir lo que había hecho (…) Pasó un tiempo precioso hasta que tuve dos bajones y tomé. Ambos fueron porque mi esposo me seguía insistiendo por teléfono para que volviese; y yo siempre con la culpa… Hasta que un día dije basta, yo quiero tener una vida, yo no me merezco esto. Le hice las denuncias correspondientes porque no debe seguirme ni atormentarme; yo necesito tiempo para recuperarme (…) Superé las dos recaídas y empecé a integrarme con mis compañeros y amigos. Yo antes no iba a las comidas, a las fiestas, ahora  mi vida cambió (…) Después de la suspensión hablé con mi Jefe y le pedí disculpas. Le dije que él tenía razón y que yo estaba yendo a A.A. Se alegró mucho».
En A.A. cuenta Mónica que lo que más le sirvió fue escuchar el testimonio del otro. De aquel que también pasa un momento difícil y pide ayuda. Todos sufrimos lo mismo: unos en el boliche, yo en mi casa, otros en  el trabajo «… me acuerdo de la última botella de caña que me tomé en una plaza; me acuerdo de todo. Me venía bien whisky, cerveza, vino, cuando nunca me gustaba nada de eso (…) Ahora estoy arrepentida de todo eso. Soy cristiana y yo sé que Dio ya me perdonó. Ahora es seguir la lucha de todos los días porque los problemas siguen… pero ya sé que no preciso al alcohol para sobrellevarlos».
Con lágrimas en lo ojos reconoce que su vida sin alcohol ha sido «100% mejor» «me siento libre, me siento una persona que puede hacer y deshacer a su gusto. Que tomo mis decisiones. Tengo mi propia casa y una moto para andar, es lo único que le pedí a  mi esposo y enseguida me lo concedió (…) Hoy vivo con mi madre; cosa que valoro, sobre todo en la noche cuando tengo miedo de estar sola».
Ahora Mónica sabe lo que quiere. Está firme en sus convicciones y además, encontró el amor. «El amor es libertad, respeto, otra cosa que yo no había conocido (…) Ahora estoy estudiando, yendo a la Iglesia, a Alcóholicos Anónimos, me reencuentro con amigas (…) Se viene mi cumpleaños y ya tengo planes. Voy a hacer una tortita con mi mamá. Vendrán mis compañeras y amigas que fueron incondicionales conmigo. Todos están felices de verme bien; y yo también me siento renacer».

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