El ADN de la dictadura

SANTIAGO BRUN CIUDAD DEL PLATA

A veces, algunas versiones erróneas sobre determinados acontecimientos nos confunden. Cuando no se aclaran, pasado el tiempo se convierten en el relato oficial, quedando como verídico. Y así sucede con algunas interpretaciones tendenciosas o irresponsables sobre las causas de la pasada dictadura. Olvidando que ningún suceso humano puede comprenderse si no se analiza su contexto y proceso histórico, se explica como un hecho puntual y aislado en el universo. A partir de información ficticia, sólo puede obtenerse un juicio erróneo de los hechos y todos los involucrados.
Si bien existe información con la que los ciudadanos comunes nunca contamos, hay datos de la realidad que nos permiten conjeturar la verdad sobre los acontecimientos. Podemos comenzar por preguntarnos: ¿fue casual que en el mismo período se dieran 12 dictaduras en América? (Argentina 76-83, Brasil 64-85, Bolivia 71-82, Chile 73-90, Ecuador 72-78, Guatemala 54-86, Haití 57-90, Honduras 72-82, Panamá 68-91, Paraguay 49-89, Perú 68-80 y Uruguay 73-85) Para continuar, prestemos atención a su coincidencia con otras 19 en el mundo llamado «libre», durante la misma época (sería muy extenso enumerarlas).
Para tratar de comprender el juego de los «casuales», debemos remontarnos algunas décadas más atrás, al fin de la Segunda Guerra Mundial. Entonces, los países imperiales estaban en la peor crisis económica (y muy endeudados con USA), escasos de hombres y armas e incapaces de administrar sus colonias. La situación los lleva a perderlas sin planificación, ni preparación para ser naciones autónomas. Durante el «Proceso Independentista», cerca de 75 colonias se transforman en nuevos países. Y no estamos hablando de paisitos, sino de India, Pakistán, Israel, el Congo, Argelia, Malasia, Irak, Kuwait, Uganda, Sudáfrica, etc., etc. Grandes extensiones territoriales, riquezas invaluables, enclaves estratégicos y poblaciones muy numerosas, quedaban sin amos. Las dos potencias que luchaban por repartirse el mundo se relamían ante la presencia de los manjares, preparándose cada una para tomar la mejor parte. Se calienta la Guerra Fría con las estrategias descaradas y secretas de ambos bloques.
Mientras el bloque soviético se consolida mediante la presencia militar y la campaña de difusión comunista, occidente adopta su «inocentona» postura benefactora. Dispuesto a ejercer toda la presión financiera posible, el capitalismo se juega a fortalecer los lazos de dependencia, desestabilizando la economía de sus víctimas. Además de su control sobre el comercio y la industria, utiliza a sus servidores incondicionales de cada sitio e infiltra promotores solapados de su campaña. Una plaga de «asesores» invade el mundo. Asesores de comercio, de industria, etc.; no importaba el título, pues su verdadera función era asesorar acerca de «cómo entrar en crisis político-económica». Aunque era un proyecto peligroso, dado que los conflictos económicos provocan descontentos populares que pueden ser manejados en cualquier sentido. Para no correr riesgos en esta región, se crea la Escuela de las Américas en Panamá.
Entre el ‘46 y el ’84, recibieron adoctrinamiento en el macabro instituto más de 65000 militares y policías de todos los países americanos. Al curso sobre lucha contra el «comunismo» (entendiendo por comunismo toda actitud contraria a los intereses de los grandes capitales) concurren los más abominables ejecutores de las dictaduras en América. Allí, se les alineó con su doctrina y se les preparó para que fueran capaces de realizar la macabra tarea.
Con pequeñas variantes, de acuerdo a cada medio y condiciones, se fueron conjurando las acciones. Se promovieron los golpes suministrándole los medios y el apoyo a selectos grupos secuaces nativos, sin dejarse descubrir en escena. No sólo aparecían desvinculados de la orgía política sangrienta, sino que estos «cerebros» mostraron discrepancias y hasta repudio por los hechos que ellos mismos fomentaron. Por supuesto, sólo fueron gestos para la tribuna, sin tomar ninguna medida concreta contra las tiranías, aún en los casos que ellos mismos catalogaron de «socialistas» a sus propios sicarios. Contra «dictaduras» infieles usaban todo su poder armado y político-publicitario.
Cuando la debacle institucional ponía al continente al borde del abismo, tensan las cadenas financieras con otra maniobra de disfraz paternal: La Alianza para el Progreso (’61 – ’70). Esta inversión de 20:000.000 de dólares tuvo como fin contrarrestar la influencia de la Revolución Cubana y aplacar el descontento de los más humildes, creando una falsa sensación de mejoría. Además, ponía condiciones a los beneficiarios e incrementaba sustancialmente sus deudas con los servicios financieros (USA).
A modo de extremada síntesis, este es un bosquejo de las causas originales de la instalación de las dictaduras americanas. A partir de este contexto, resulta más fácil comprender los acontecimientos particulares de cada país y los individuales de los actores. ¿Cuáles fueron los políticos amanuenses que admitieron indiferentes el derrumbe? ¿Quiénes se subieron al tren autoritario para sacar provecho? ¿Quiénes fueron los sicarios ejecutores del plan, a cambio de un momento de poder? ¿Cómo interpretó la izquierda este proceso, permitiendo ser usada como la excusa para su ejecución?
La importancia de esclarecer estos hechos va más allá de la justa reivindicación. Debemos rescatar del insuceso la experiencia que nos permita reconocer las señas cuando estamos en riesgo. Sin ser alarmistas, podemos estar atentos a los acontecimientos cotidianos internacionales y reconocer que no es imposible una recaída para nuestra América. De suceder, ¿cuál será nuestra actitud? ¿Nos quedaremos con la «versión oficial»? ¿Culparemos a los «Turcos del Chuy» por la campaña antiterrorista comenzada por Bush y aún vigente? ¿Iremos contra los coreanos de los barcos pesqueros, porque Corea es una amenaza para USA? ¿Adheriremos a la postura de que Chávez y Evo desestabilizan la democracia? Seguramente, lo mejor será que analicemos con criterio.

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