«Uruguay no necesita un ejército porque no tiene enemigos»

MIRTANA LÓPEZ

Oscar Arias, Presidente de Costa Rica y Premio Nobel de la Paz en 1987, envió una carta a José Mujica que generó una oleada de reacciones en todo el llamado espectro político uruguayo.
Gustavo Rombys, nuevo diputado frenteamplista e integrante de la Comisión de Defensa, opinó: «Es una intromisión inadmisible de un país amigo». El Ministro de Defensa, Luis Rosadilla, rechazó el planteo. Con su identidad herida, el líder blanco Luis A. Lacalle (PN) consideró la carta «una falta de respeto» y agregó: «No salgo de mi asombro de que se le indique a un país cómo debe organizarse institucionalmente». En tanto Javier García decretó: «Arias no puede usar su prestigio para intromisiones en asuntos internos de otros países. Viola todos los principios fundamentales de la política internacional». El senador Eleuterio Fernández Huidobro, siempre más «jugado» calificó de «atrevimiento» y de «mandado» la propuesta de Arias y llegó a decir: «En Uruguay no existen antecedentes que provinieran de algún ámbito político, académico o social que propusiera la abolición del estamento militar».
No fue menor la intervención del presidente del Centro Militar, General Manuel Fernández quien se horrorizó por las palabras de Arias y nos horrorizó a todos con su fineza: «Mujica está vivo gracias al Ejército uruguayo».
No obstante, Mujica, a quien fue dirigida la carta, luego de leerla anunció que la contestaría con un poco de tiempo y reflexionó: «Es claro que nosotros no lucharemos contra nadie, pero la verdad es que tenemos muchos problemas en la frontera, de contrabando y narcotráfico». Para agregar: «Arias se va en mayo y tiene derecho a pensar, tiene su experiencia, tiene su historia; nosotros tenemos la nuestra. Yo quiero a las Fuerzas Armadas para pelear contra la pobreza».
La carta, piedra del escándalo, escapa a los protocolos de la diplomacia internacional en tanto un Presidente de un país aconseja a otro Presidente. Pero, además, incursiona en un tema muy específico y polémico. Ocurre entonces que el contenido potencia lo formal. Recordemos, además, que Costa Rica no tiene ejército desde 1948…
Este martes, Arias aclaró su postura: «Uruguay no necesita un ejército porque no tiene enemigos». (…)   «El enemigo que tiene Uruguay, al igual que Costa Rica, sigue siendo la desigualdad y la pobreza. Y para eso los recursos deben salir ciertamente de una disminución del gasto militar». Los ejércitos son enemigos del desarrollo, de la paz, de la libertad y de la alegría.
* Aclaró, asimismo, que realizaba la sugerencia «con mucho respeto, con mucha humildad». Como se le aclaró que existían especulaciones con respecto a su planteamiento porque se lo veía funcional a los intereses de Estado Unidos, se explayó en su propia historia personal como enemigo del militarismo estadounidense: «El país más belicista de este continente es Estados Unidos y yo he sido muy crítico de Estados Unidos por ese espíritu belicista que lo caracterizó a través de su historia». Tampoco se privó de volver a afirmar: «esa carrera loca armamentista que han iniciado algunos países de Suramérica, ciertamente Uruguay no debe seguirla». Tampoco se hizo esperar en la propia Costa Rica una declaración de la Asociación Nacional de Empleados Públicos y Privados que dice: «Repudiamos y condenamos intromisión de Arias en Uruguay…»
A este relato de intercambios entre intenciones epistolares externas y respuestas vernáculas hay que agregar la reacción producida en nuestro medio, de un integrante del Círculo Militar…

Este es el relato anecdótico de los últimos sucesos con respecto al tema. Sin embargo, difícil es dejar totalmente de lado la sustancia del mismo. La conveniencia, para un país como Uruguay, de la existencia misma de un Ejército de tierra, tiene su propia historia de discusión. De esa historia, recordamos especialmente la opinión antimilitarista de docentes que han sido generadores de pensamiento en nuestro devenir cultural, como Real de Azúa y Miguel Soler. Siendo parlamentarios, Emilio Frugoni, Carlos Quijano y Julio César Grauert, presentaron diferentes proyectos de ley en los que limitaban el rol de los ejércitos o, francamente, proponían su erradicación. Frugoni, en 1920, fundamentaba en motivos económicos la idea de supresión del ejército así como en la sinrazón de su existencia en este pequeño país rodeado de las potencias de Brasil y Argentina. Con su entusiasmo comprometido llegó a caracterizarlos como: «Perros que ladran a los de afuera y muerden a los de adentro». Carlos Quijano, en 1930 decía: «No creo de ninguna manera en la utilidad y necesidad del actual ejército nacional, que me parece una organización retrógrada y reaccionaria; y me parece que el mantenimiento de esa organización, a base de sueldos altos, conspiraría contra el progreso del país… Mi posición es radicalmente contraria a este presupuesto, para ir a la supresión del ejército nacional o a otra organización distinta».
Más allá de la intromisión o no de un Presidente extranjero, la existencia del ejército en nuestro país bien vale sus buenas reflexiones por parte de los actores responsables de conducir nuestro desarrollo como sociedad. No es cosa de enojarse, únicamente.

* En perspectiva – El Espectador

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