Otra vez la infancia

Varios escritores reconocen al de su infancia como el mundo contenedor de todas sus ficciones posteriores. Los paisajes, los sitios de juegos, los compañeros y los afectos del pasado,  pasan a integrarse a los episodios de las historias inventadas. Un individuo que ocupó apenas algunos momentos de aquellos años, puede convertirse en el personaje central y muchas veces legendario del relato. Los episodios de la niñez se transportan en el tiempo y en el espacio hasta integrarlos a otros contextos que alcanzan su propia dimensión de realidad acorde con el universo mental y afectivo del autor. Autor que puede ser un gran escritor o un relator oral de barrio que inventa anécdotas en una rueda de boliche, de vereda o de familia. Con más razón, los grandes y más cercanos afectos, al padre, a la madre, a una figura protectora, se integran no ya solamente a lo anecdótico sino a la esencia misma de lo relatado, a su contenido, a sus sentidos, a sus mensajes. Por presencia o por ausencia, a conciencia o lateralmente.
Si esto es así en la trayectoria de aquellos que pueden “reconstruir mundos” y por lo tanto trascenderlos, pensemos qué importante será en quienes deben quedarse con el relato de su pasado únicamente en su memoria, integrando su intimidad, formando parte de su privacidad más soterrada. En todos aquellos que no sabrán o no querrán darle otro sentido que el del recuerdo personal intransferible. Entonces, esos mundos individuales formarán parte de su condición humana y de su conducta social sin encontrar el escape o la trascendencia que encuentran en los creadores.
Las infancias dolorosas, maltratadas, que encuentran una salida hacia la creación artística, encontrarán en aquel pasado una razón de ser presente y futura. Pero aquellas que, habiendo sido muy dolorosas se mantengan sólo como recuerdos individuales, podrán ser alimento de conductas  similares, imitativas y reproductoras porque en algo nos parecemos a aquellos con quienes nos formamos.
Así es cierto que, cuánto más infancias bien atendidas, felices, resueltas, tengamos en una sociedad, más fácilmente podrá ésta desarrollarse. Cuánto más recuerdos malos, irresueltos y sentidos como de injusticia, que se hayan transformado en insatisfacciones, culpas y rencores, más difícil serán sus portadores de integrarse positivamente a la sociedad.
Estas observaciones las conocemos como verdades de a puño. Las manejan los técnicos y especialistas sociales según el ángulo de su enfoque. Y tratan de difundirlas cada día más a través de estudios y encuestas que no siempre son fáciles de entender justamente  porque se plantean problemas de difícil abordaje y más compleja aplicación.
Con estas prevenciones y temores, que también son formas de respeto a sus autores y a los lectores, es bueno intentar un acercamiento a la publicación del Mides “Prácticas de Crianza y Resolución de conflictos familiares” que encara, especialmente, la “prevalencia del maltrato intrafamiliar contra niños y adolescentes” en el área metropolitana de Uruguay. Es decir, la investigación se realizó a través de una encuesta personal sobre una muestra representativa de la población mayor de 18 años residente en la zona de Montevideo urbano y centros urbanos de Canelones y San José vinculados a la capital, que integra un hogar en el que habita uno o más menores de edad.
“La violencia contra niños y adolescentes representa una de las formas más extremas de vulneración de derechos. Quienes son víctimas de maltrato en las primeras etapas de su vida, no solo sufren un daño presente, sino que ven comprometidos sus posibilidades de llevar una vida saludable en el futuro.”.
“Son alarmantes las cifras de prevalencia de maltrato contra niños y adolescentes obtenidos a través del estudio. Si se considera a menores de 0 a 17 años, se observan prácticas de violencia psicológica o física en el 80% de los adultos entrevistados. Al incluir como una forma de violencia las conductas negligentes y tomando a los adultos a cargo del infante, el porcentaje asciende a 85%.”  Cuando pasamos a la violencia reiterada, las cifras bajan respectivamente al 63% y al 37%. “Pero en realidad “confirman una situación en la que el maltrato representa una forma habitual de relacionamiento con los niños y los adultos en los hogares”.
Para estas cifras hay que tener en cuenta que se considera un solo adulto por hogar, que es esperable que haya algún grado de sub declaración de los adultos cuando son encuestados, especialmente respecto a las conductas que suponen un maltrato severo y, además, que el estudio no permite conocer los actos de violencia fuera del ámbito familiar. Asimismo es observable que el maltrato es practicado por hombres y mujeres con diferencias porcentuales poco significativas en todos los tramos de edad y que, en general, el adulto que maltrata es víctima también violencia. Además, que los encuestados asisten únicamente a centros de educación o atención públicos sobre percepciones de niños de entre 10 y 12 años de edad.
No hay manera de estimar estadísticamente cuántos de estos jóvenes maltratados tendrán la capacidad de trascender esta realidad a través del arte o la suerte y la voluntad de formarse como seres positivos y productivos socialmente. Pero aún sin hacer esas estimaciones y sin dejar de ser solidario en el rechazo con cada uno de ellos, surge una pregunta de temor sobre el futuro de esta sociedad: ¿cuántos serán los que reproducirán o agigantarán la forma cómo el mundo los trató, en aquellos más débiles a quienes les toque cuidar y querer?

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