Barrer, barrían las de antes…

Víctor Mémoli tiene 84 años; es maragato. Vivió en Rincón del Pino pero luego estuvo mucho tiempo radicado en Pando (Canelones),
donde se casó.
En Rincón del Pino tenía 100 cuadras de campo con sus padres; plantaba papa, trigo y cebada. Luego decidió irse.
Cuando tenía 17 o 18 años ya hacía algunas escobas, para usar en casa. Algunas las vendía a los vecinos. «Me llevaba tiempo hacerlas
porque no estaba práctico».

Las escobas de Mémoli quedarán para la historia.

ESTELA SELLANES

El oficio lo aprendió solo. Un día se le ocurrió pasar una roldana del marco de una puerta para enganchar el alambre; sin máquina, con el palo en la mano, armó su primera escoba.
En el año 52 se fue a Canelones a trabajar en el fraccionamiento de la carreteras, con un tío. En el año 63 se vino a San José e instaló un almacén, en Av. Brasil y Rivera. Tenía un galpón en el fondo y empezó allí a fabricar las primeras escobas que dieron origen a su pequeña empresa familiar. Un concuñado suyo también fabricaba «pero las escobas dan mucho trabajo y eso no era para él, él no cumplía; entró de milico y dejó de hacerlas».
«Con la máquina uno las puede armar prolijamente, porque con los pies sujeta el rodillo y entonces le quedan las manos libres para envolver».
La máquina es casera, de madera, lleva una roldana en la parte superior, por donde pasa el alambre y un caño en la parte inferior, donde se sujeta el palo y se lo hace girar para que el alambre quede bien apretado. «Yo le pedí a un mecánico conocido que me la hiciera; le llevé las medidas para que me soldara el caño y le expliqué cómo la tenía que armar».
A la punta del palo de escoba se le pone un clavo y se le da dos vueltas de alambre; se va colocando la paja, primero en el medio, con un relleno que puede ser de troncos de paja o paja más corta y luego dos puñados más de cada lado. Si la paja es muy larga se corta con guillotina. «Yo nunca corté con guillotina, siempre la corté con machete».
Luego de armada, la escoba va a una prensa y se cose con tanza o hilo de coser bolsa.

La materia prima
«Cuando empecé, en ese tiempo la gente plantaba paja de escoba afuera, porque no había tanto tambo como hay ahora, entonces yo compraba acá…» Después tuvo que empezar a ir al Mercado de Montevideo, porque no era fácil conseguir la paja en San José.
«Hay que saber comprar la paja de escoba; yo iba con Lavecchia, dos veces por semana a Montevideo. Compraba tres o cuatro metros y un atado de 50 palos de escoba».
Cada palo cuesta entre 10 y 12 pesos. La última paja que compró, el año pasado, le costó $500 el atado de un metro.
«No sé si este año habrá cosecha… Como ha venido lindo, capaz que la gente plantó y hay mucha cantidad».
La planta es de la altura del maíz. Se planta de un grano, en octubre, noviembre o diciembre. Se le llama paja de Guinea, pero es más conocida como paja de escoba. «Yo plantaba en Guaycurú, en los campos que tenía López…»
Plantaba una cuadra y sacaba más de 100 metros. Tenía que desgranarla y por eso le pedía prestada la máquina de desgranar a un tal Amoroso, de Estación González.
La planta demora en crecer unos 20 días. «Cuando florece, saca un tallo». Alcanza unos dos metros de altura. Se corta con una hoz, dejando los troncos que van para relleno. Después que florece hay que dejarla secar unos 10 o 15 días para que tome color. La semilla se saca.
«Los tronquitos de la paja de escoba sirven también para hacer cortinas; se cortan de unos 5 o 6 cm. con un cuchillo y con una aguja se los va pasando por el hilo y la cortina se va armando. Lleva un tronquito a lo largo y otro atravesado… Da mucho trabajo. Yo antes las hacía y las vendía a $20. Cortinas para las puertas».

Ingenio al 100%: La máquina de armar escobas tiene una roldana por donde pasa el alambre. La firmeza de la escoba depende de qué tan bien se manipuló el alambre.

La venta
Con la venta de escobas logró mantener a su familia. Tenía tres hijos que criar (dos varones y una mujer). «Siempre se vendió muchísimo. En Montevideo vendía a las casas Soler, comercios grandes; compraban cantidad, cinco o seis docenas. Las pagaban al mes siguiente.
Acá en San José también vendía a algunos comercios. Aldaz me quiso comprar toda la producción pero yo no quise porque pensé que si se la vendía, él iba a hacer fama y yo me quedaba sin nada… Igual me compraba algunas».
También vendía en la calle; sus hijos lo ayudaban. Se dividían por zonas, «cada tantas cuadras yo les chiflaba, ellos me sentían y venían. Yo miraba cuántas escobas les quedaban. Si les quedaban muchas, yo las agarraba y las seguía vendiendo y a ellos los hacía volver a casa… Yo salía con una docena y ellos con seis cada uno».
«Al primero que le empecé a vender fue a Sartori, de la panadería, que vivía en calle Canaro… En ese tiempo, se vendían a 12 o 13 pesos en los comercios y a $25 en la calle. Parte del dinero yo se lo daba a los gurises para que se acostumbraran a tener plata en el bolsillo y supieran ahorrar».
Llegaba a vender unas 500 escobas por mes, aunque reconoce, nunca llevó control de la cantidad.
Recuerda que en Dictadura tenía que pagar unas «estampillas», «un sello que había que ponerle a las escobas (…) Después, cuando se fueron los milicos, ya no hubo que pagar más…»
Hoy en día vende las escobas a $100, mientras que en los comercios se venden a $150. «Son escobas que las traen de Montevideo, de Sauce o de Rivera… pero son unas escobas malísimas, porque las hacen ligerito, así nomás y quedan flojas. Yo las hago bien apretadas; a mí nunca se me aflojó una escoba, nunca tuve que tirar ninguna».

Uno de los pocos
Mémoli es el único escobero que queda en San José. Antes había cinco. Tampoco quedan muchos en el país. Es un oficio que se va perdiendo. «Samora es el único que queda acá, como yo, pero ya no trabaja porque está enfermo (…) Antes que yo viniera a San José acá estaba Mussini, que fue quien me pasó todos los clientes a mí porque ya no iba a seguir haciendo escobas. Había puesto aserradero… Yo monteaba y le traía los camiones de eucaliptus (…) los pesaba en la balanza del Molino».
«El oficio de escobero es lindo. Yo conocí a todo el pueblo, toda la ciudad, la gente. Conocía a las mujeres, a los hombres no. Hacía seis o siete años que estaba vendiendo en una casa y nunca había visto al dueño de casa, a la mujer sí… Claro, las mujeres son las que barren y compran las escobas. Y me tenían confianza, ya me conocían. Yo ya sabía quién precisaba una escoba más pesada y quién una más liviana. También conocía a las empleadas, muchas de ellas me pedían que les consiguiera trabajo. Como trataba a tantas mujeres, a veces les conseguía… Siempre andaba por una calle y otra.»
Las escobas de paja, según Mémoli, duran unos tres meses, siempre que se las cuide y no se barra escombros, arena o tierra con ellas.
«Las escobas de plástico son una porquería… yo nunca vendí…»
«Antes salía a las 5 de la mañana a llevarle escobas a unas maestras que tomaban el ómnibus en la ruta, en lo de Cerdeña y se llevaban las escobas para las escuelas de Rincón de la Bolsa…»

Después de armada, la escoba va a la prensa, donde se cose con tanza o hilo de atar bolsas.

Famosas
«Las escobas mías van a quedar nombradas para toda la vida, como quedaron las de Mussini. Va a llegar un momento en que van a decir que el escobero acá fue fulano… A casa vinieron de Canal 10 a buscarme para que fuera a hacer escobas allá, para que no se perdiera la manualidad. (…) La mujer de (Jorge) Batlle estaba en todo eso de las manualidades y como sabían que yo era colorado vinieron a buscarme para que fuera. Me iban a fijar un sueldo. Yo no fui. Después querían que yo fuera a enseñarle a los presos, pero no me animé. Sí enseñé en la escuela especial, pero dos por tres los muchachos se peleaban… Hicieron algunas escobas, pero después ya nadie quiso seguir…»
Mémoli está jubilado. «Me jubilé con la patente de las escobas, como patrón… Yo estuve en el Molino también trabajando, pero después me lesioné y el Dr. Ravena me dio un certificado para el Seguro. (…) Estuve tiempo en el Seguro, pero no cobré ni un vintén, no quise cobrar nunca nada… Mi empresa se llamaba San José, por eso Aldaz la quería… Tenía recibos, libretas, todo…»

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2 Responses to Barrer, barrían las de antes…

  1. marina says:

    es un divino es mi abuelo

  2. marina says:

    el mas lindo del mundo se extraña abu 😦

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