Miguel Hernández desde aquí

En este año 2010, con mayor precisión el 30 de octubre, se van a cumplir 100 del nacimiento de uno de los poetas más puramente poetas de la Literatura de habla española: Miguel Hernández, el pastor de Orihuela. Los vecinos llamaban a sus padres los Vicenterre, derivado de Vicente y Vicenta, sus abuelos paternos y de, como se ve, la tierra, que le vino desde el nacimiento: “Me llamo barro aunque Miguel me llame/ barro es mi profesión y mi destino/ que mancha con su lengua cuanto lame.”

MIRTANA LOPEZ

¿Por qué recordar este centenario con tanta anticipación y desde San José? Quizá el disparador haya sido el haber leído en la prensa que Joan Manuel Serrat está preparando otro disco en su homenaje. Luego, que para recordar a un poeta así, no se necesitan fechas. Y tercero, ese pensamiento de Ortega, cita leída al azar, que define una opción vital, tan válida para recordaciones poéticas como para desilusiones vitales, compromisos políticos o entorno de época.
Cuando Miguel Hernández dejó su pastoreo para irse a Madrid, en 1933, le atrajo la audacia de aquel gran grupo de poetas que reivindicaban a Góngora y sus “cultismos”; era la Generación del 27. Con la mayor parte de ellos se contactó, hizo amistades poéticas y humanas. De esa época son los variados testimonios de Alberti: “Pablo Neruda fue quien lo vio mejor. Solía repetir: ¡Con esa cara que tiene Miguel de patata recién sacada de la tierra. De Vicente Aleixandre, “…firmaba así sus cartas: Miguel Hernández, pastor de Orihuela”. Altolaguirre: Vivía rodeado de exaltación. Era llama de amor viva. Su fuego, su esperanza, su heroísmo, crecieron con la guerra. Fue valiente y apasionado hasta perder la memoria. Su muerte, es la mayor cobardía de esta guerra. Ojalá pudiéramos ser los poetas tan terribles. A todos deslumbró con su humanidad. Aunque trabajó en Espasa Calpe, no fue algo estable y debió regresar a su tierra; iba nutrido de otros deseos de perfección poética.
Así, en 1933 compuso “Perito en lunas” a los 22 años, libro no bien recibido por la crítica. Sin embargo, ya en él se expresaba una dualidad dolorosa para el poeta e ilustrativa de situaciones humanas que hoy no se han superado. ¿Por qué? Porque cuando lo escribía estaba tratando de vencer su falta de cultura, su tragedia interior. Llegar al uso de las formas poéticas más complejas, como el endecasílabo -, para expulsar la fealdad y la hediondez que le rodeaban. Carmen Zardoya: “Ningún crítico ha advertido en este libro lo que hay en él de drama humano. Si hubieran visto la casa en que nació el poeta, habrían comprendido ésta, su primera reacción contra el estiércol que lo rodeaba”. Sus lunas pueden ser gongorinas: “Aquella de la cuenca luna monda…”  Sin embargo también son las de Miguel pastor: “Oh, tú, perito en lunas; que yo sepa/ qué luna es de mejor sabor y cepa”.
En 1936, instalado en Madrid, publica “El rayo que no cesa”. Es la tercera versión, muestra de su aprendizaje depurador. Los sonetos que lo integran, la Elegía a Ramón Sijé y el Poema 15, penetran como un rayo en el mundo poético español. Amor y sensualidad, dolor y presagios de muerte; pero sobre todo, inspiración auténtica y maestría técnica. «Tengo estos huesos hechos a las penas/ y a las cavilaciones estas sienes…» «Te me mueres de casta y de sencilla: estoy convicto amor, estoy confeso…» «Yo quiero ser llorando el hortelano/ de la tierra que ocupas y estercolas,/ compañero del alma, tan temprano».
La guerra desangra a España. El título del libro que publica en 1937 ya es idéntico a lo que ocurre “Viento del pueblo”: “Oigo pueblos de ayes y valles de lamentos…” En medio de los dolores generales: “Me duele este niño hambriento/ como una grandiosa espina…/
Va a llegar todavía el Cancionero y Romancero de ausencias. Sin retórica, sin metáforas. El depojamiento total para llorar, desde la terrible e increíble cárcel, a Josefina y a su hijo en cada objeto; la cebolla: “En la cuna del hambre/ mi niño estaba./ Con sangre de cebolla/ se alimentaba…”
Para este tan breve recorrido y este retorno a Miguel Hernández, quizá haya aparecido la razón actual: Las Nanas de la cebolla son la forma más poética posible de llorar que los seres humanos puedan sigan sufriendo el hambre, mientras otros están distraídos.


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