Vivir bajo el puente

Un peluche acompaña el sueño a la intemperie.

Este 24 de diciembre Édison, Sandra y sus tres hijas,  se quedaron en la calle. Primero alquilaron pero la cosa se complicó y el viernes pasado terminaron instalándose bajo el puente de la Picada de Varela.

ALEJANDRA FUENTES

Los visitamos el lunes de tarde. Édison nos esperaba para contar, más que su historia, la desesperación por revertir la realidad de su familia.
Mientras conversábamos, se oía el griterío de las nenas (8, 7 y 5 años de edad) que, entre carcajadas, se bañaban con agua y jabón junto a su mamá.
Sandra trabajaba en los prostíbulos y Édison cumplía tareas de vigilancia y colaboraba con uno de los dueños de los locales, también en la zona: «… pero ya resolvimos que ella no salga más y yo necesito trabajar en forma urgente. Yo hago lo que sea: changas… Trabajé en una panadería pero ahora no (…) Necesito algo seguro para sustentar a mi familia».
La ropa sobre una caja grande de cartón y las cuchetas de las nenas armadas y tendidas, se dejan ver por entre un nylon blanco con el que Édison rodeó el ‘campamento’. Un osito de peluche, envuelto en una camperita de niña, descansa sobre una cama. Una garrafa chica sirve de cocina complementaria, porque la mayoría de las veces, se busca leña y se arma un fueguito (hay que cuidar el gas que queda).
De repente, los gritos de las nenas «¡Alejandra, viniste! Interrumpen la conversación: «Mirá, oleme el pelo», me dice la más grande. «Yo les dije que era cierto que venía Alejandra, que nos íbamos a bañar antes para recibirla», dijo su madre.
Sandra sonríe pero su cara lo dice todo. Mientras desenreda el pelo de la mayor, me dice bajito «ellas están contentas, piensan que estamos de campamento por las vacaciones»; «todos los días nos preguntan si nos podemos quedar un día más» «…el otro día vino una señora y les regaló una cañita de pescar a cada una y quedaron enloquecidas».
Jenny, la más pequeña, insiste con mostrarme cómo pesca.
Édison observa el panorama. Ve las ronchas que los mosquitos han dejado en los cuerpos de sus hijas, menea la cabeza y continúa explicando: «Yo me encuentro en esta situación y hasta me pongo a llorar; no sé que hacer». Recuerda que meses atrás hizo campaña por el Partido Nacional, «por la 22, porque habían puesto el comité que vos viste en el barrio y había esperanza de que nos ayudaran. Pero a mí nadie ha venido a darme una mano, a decirme si preciso algo, cuando participé en todas las caravanas y estuve cuando pedían algo. Hasta ahora, lo único que he recibido son ‘cuentos’ de parte de gente que está en el gobierno departamental (…) La única solución que me dieron es el Comedor Municipal, pero te volvés y no hay nada más. Yo tengo que trabajar en lo que sea. No me asusta nada si se trata de que mis hijas estudien y tengan una vida digna» (actualmente ellas están inscriptas en la Escuela Nº 51).
Ha sido una suerte. ¿Hasta cuándo?
Édison sabe que una simple llovizna con algo de viento empapará sus escasas pertenencias y lo fundamental, pondrá en riesgo la salud de su familia.
Al alejarnos del lugar, la realidad aún nos acompaña.

Quien pueda darle una mano a Édison y su familia, deberá comunicarse al celular 098881688. Viene bien todo.

"Veni Ale, mira la carpita que tenemos pata jugar: ¿Tegusta?"

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