La vida en La Victoria: solventes, jabones y suavizantes

A fines de la década de los 50 había tres tintorerías en San José. Más de cincuenta años después, sólo queda una en la que se recuerda aquellas épocas. Esperanza Taño de García (Chicha) recuerda historias del oficio familiar. «Nos instalamos aquí, 25 de mayo y Vidal, el 20 de octubre de 1960», pero para la familia, el trabajo en tintorería empezó mucho antes…»

La plancha a vapor.

ESTELA SELLANES

Historia de «La Victoria»
Chicha habla de su marido, Valentín García, que falleció hace 22 años: «Siempre trabajó en Tintorería. Empezó de mandadero a los 16 años, en la Tintorería La Moderna, de Gedale Schusman, en calle Colón y 18 de Julio. Su socio Korotky, se había instalado en Montevideo, Agraciada y Castro y cuando murió, Schusman mandó a Valentín a trabajar con la viuda. Habrá sido por el año 1936 o 37. A los dos años, 1939, instaló su propia tintorería. La llamó «La Victoria», porque quedaba en ese barrio, en Luis de la Peña y Conciliación. Chicha y Valentín se casaron en 1944. Luego de unos años se mudaron al Paso Molino, a dos cuadras del viaducto, por calle Carlos de la Vega.
«Trabajábamos muy bien. Ahí nacieron mis dos hijos. En el año 45 nació María Cristina. A William nunca le gustó la tintorería; aunque no tiene más remedio que venir, para verme».
En Paso Molino estuvieron hasta que, en el año 1958 «se puso muy difícil. Empezaron las huelgas de los frigoríficos y de las textiles. En esa zona estaban todas las  textiles y los frigoríficos y nosotros vivíamos de esa gente… Teníamos un amigo en San José, Don Eugenio Varone, que siempre iba a casa y un día nos dijo: ‘Yo no sé qué diablos hacen ustedes acá, con esos chiquilines… ¿Por qué no se van a San José?»
El hermano de Valentín también tenía tintorería en calle Colón, frente a la antigua Caja de Asignaciones. En el año 58, decidimos venirnos e instalamos la tintorería en Treinta y Tres 367.
La situación mejoraba; en el 60 compraron el local de la esquina de 25 de Mayo y Vidal y se mudaron.
«María Cristina se enamoró y se iba a casar. Mi yerno, -José Luis Cedrés- trabajaba en Montevideo, como planchador en una fábrica. En ese momento surgió la venta de la tintorería de Don Schusman y ellos la compraron; se casaron y se quedaron con La Moderna. Allí estuvieron 21 años».
En el año 87, el esposo de Chicha, Valentín, muere. Ella continuó trabajando más de un año, sola, al frente de La Victoria; su hija la ayudaba desde La Moderna. Allí hacían todo el trabajo y Chicha entregaba en su local: «No tenía objeto que yo estuviera sola en semejante caserón y ellos pagaran alquiler. Un día le propuse a Cristina que se viniera para acá, luego de consultar a William… Cerraron la tintorería de Colón, vendieron aquellas máquinas y en el 88» comenzaron a trabajar en La Victoria, también con lavandería.
Chicha se jubiló hace doce años.

El ambiente en La Victoria

Esperanza Taño (Chicha), junto a María Cristina.

Toda la maquinaria de La Victoria se compró en San José. Limpiadora en seco, centrífuga, lavadoras, secadoras, plancha a vapor y limpiadora para alfombras y moquettes. «Yo no soy de San José pero soy localista perdida», aclara Chicha. Montañas de frazadas y acolchados, trajes colgados en perchas en una estructura de hierro que cuelga desde el techo, ocupan buena parte del local… Un cuadro de José Artigas parece observar, desde la pared, el trabajo en el interior de la tintorería. Un enorme ropero antiguo, con puertas de vidrio, guarda vestidos de 15 y chaquetas, de colores crudos y blancos, esperando que sus dueños regresen por ellos.
En un pequeño mostrador, entre pilas de frazadas y bolsas con ropas de todo tipo y color, se recibe a los clientes.
En un cuarto contiguo, otras pilas de ropa llenan la habitación donde la plancha ocupa el lugar central. Contra la pared, del lado norte, unas seis lavadoras y secadoras, muestran el paso del tiempo. Algunas no funcionan. «No hay quien las arregle», cuentan las propietarias. Jabón de lavarropas, suavizante, hipoclorito, solventes y jabón para tapizados son los productos más comunes allí dentro.
Del trabajo, « nos gusta todo», dicen a dúo Cristina y su madre para quienes el taller es su vida.
Los clientes se mantienen: «Muchachos que hoy son hombres, que yo los vi criarse, siguen viniendo», cuenta Chicha. «Viene gente a la que le limpiamos los vestidos de novia y hoy traen los vestidos de sus hijos, ya casados… Eso pasa mucho. Son muchos años que tenemos acá».
Con sus 84 años, Chicha ayuda en las tareas. Se encarga de colocar los ribetes de las frazadas y arregla los bajos de la ropa que llevan a lavar. Todo lo que es costura, lo hace ella, en su vieja máquina a pedal: «Mi máquina tiene 72 años. Yo tenía 12 cuando mi mamá compró tres máquinas Singer, porque nosotros cosíamos para afuera. Una de esas es la que yo tengo. Y cose divino».
Ropa, trajes, vestidos de novia y de 15, frazadas, acolchados, pantalones, camperas. Las montañas de ropa se empiezan a apilar, sobre todo en el verano, cuando la gente aprovecha a llevarlas y demora en retirarlas.
También quedan trabajos que los clientes nunca van a levantar. Muchas de esas prendas se regalan, después de años, a instituciones como San Vicente o la Iglesia.

El trabajo diario
Cuando llega un cliente con alguna prenda, Cristina la recibe y la marca con el número de la boleta con el que el cliente levanta después el trabajo.
Si se trata de un pantalón o un traje, lo primero que se hace es limpiar los bolsillos. Luego la prenda va a la limpiadora en seco, que trabaja con solventes. Allí está unos 30 minutos más otros 30 minutos en la centrífuga, de la que sale seca pero con un olor muy fuerte; por eso se ventila. Si quedó alguna mancha, se aplica un quitamanchas y puede volver a la máquina. Las de productos azucarados generalmente se trabajan a mano. La máquina saca muy bien las manchas de aceite. De todos modos algunas no salen; las más rebeldes son las de humedad.
Después de limpia, la prenda se plancha.
En La Victoria ya no se tiñe; se manda a Tintorería Industrial, en Montevideo. Ahora se puede teñir a gas, pero antes, otra era la historia. «En lo de Schusman habían hecho un arreglo en la caldera a vapor, le ponían caños a las tinas y calentaban el agua con vapor. Mi padre lo hacía a leña, en unos tachos enormes, afuera», cuenta Cristina.
Las máquinas se prenden casi todos los días. El ruido del motor es un sonido familiar.

Cada objeto, un recuerdo

Cada rincón, cada máquina, es un lugar especial para los integrantes de la familia. Todo guarda un recuerdo del que no es fácil desprenderse.
Como fue tintorería y sombrerería, los moldes de sombreros que se usaron para  limpiarlos, se conservan en un estante, junto a dos viejas planchas de hierro que recuerdan los lavados a mano, sin centrífugas; la ropa se secaba al sol y Valentín García junto a su hermano, planchaba con esas pesadas planchas de hierro «de unos 12 kilos». «Era un sacrificio», dice Chicha. «Trabajaba día y noche», recuerda su hija.

Anécdotas

La centrífugadora y la limpiadora son el centro de la tintorería.

«Anécdotas hay… Una vez un matrimonio trajo una gabardina a limpiar. Les di la boleta indicándoles la fecha para retirarla. Ese día vino la señora, sin la boleta… Le di la gabardina y en la boleta escribí: ‘Entregado sin boleta’. Generalmente les pido una dirección o el número de la cédula. De tarde apareció el hombre que se puso malísimo cuando le dije que se la había dado a la esposa porque, dijo, estaba separado… Ahora nunca más entrego algo sin boleta, a menos que conozca al cliente», cuenta Cristina.
«Una vez, cuando estábamos en calle Colón, cayó la Policía de madrugada, porque había una ropa robada y les habían dicho que estaba en la tintorería; tenían la boleta».Así empezó un contrapunto de anécdotas, entre madre e hija, más algún cliente que se sumaba a la conversación: «Yo la anécdota que tengo es de un bobo que tocó timbre a las 12 de la noche; todavía estaba vivo papá, hace 25 años… ‘El traje suyo es para mañana’, le dijo. ‘Pero es que yo estoy muy nervioso’, le contestó. Papá, hasta en calzoncillos se debe haber levantado, y no le dio nada…»
«También vienen madres olvidadizas a retirar trajes de los hijos que tienen algún cumpleaños de 15, a medianoche… Eso pasa seguido».


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