Crestas y espolones

DANILO LAMENZA MAURI

-«’Ta que lo parió… ¡lo quería pa’ comerlo!…», palabras más, palabras menos, son las que pronuncia sobresaltado –al tiempo que intentará el rescate del gallo de riña que obligadamente vendió a un usurero–, Aniceto, el «gallero», en la película de Leonardo Favio, «El romance del Aniceto y la Francisca» (1966).
La secuencia, en cierto modo, es ilustrativa del cariño que siente el criador (todo criador) por su plumífero «pupilo».

Llegadas al Río de la Plata circa 1757, las riñas de gallos, según los primeros documentos, se remontan a más de 1400 años antes de Cristo. Los orígenes de estas aves de pelea, pueden rastrearse en la India o en Medina, cierta región fría y montañosa del Asia Menor, en las proximidades de Babilonia.
Heraldo del amanecer por excelencia, el gallo, a lo largo del devenir humano, ha estado presente en las manifestaciones más diversas. Desde modelo de inspiración para artistas (figura en la cimera de la diosa griega Minerva), ave sagrada en el código Mamu de la India (se prohibe comerla), hasta conjurador de males en Irán.
Cuéntase del general griego Temístocles que –presenciando una riña de gallos en una plaza de Atenas, previo a la batalla de Salamina–, arengó a sus tropas poniendo como ejemplo de fiereza y entrega dicho lance gallístico. Los griegos obligaban a sus jóvenes a ver por lo menos una pelea al año para aprender de las aves su «moral de combate».

Derivado del latín –gallus– el término gallo define al orden de aves caracterizado por cabeza adornada de una cresta roja, pico corto, carúnculas (carnosidades eréctiles) rojas, plumaje abundante, lustroso, y a menudo con visos irisados; cola larga y tarsos (patas de las aves que une los dedos con la tibia) fuertes, armados de espolones agudos.
Según los especialistas, el gallo de riña tiene dos orígenes cardinales: el gallus Bankiva y el Sonerati (Katukoli, en la India), ambos del Asia Menor. Hoy día se considera superior entre los mejores al Asil, originario de la isla de Java, en Asia.

Exportadas del continente asiático (India y Asia Menor), las riñas prontamente se extendieron por territorios europeos. Francia (que convirtió al gallo en su emblema nacional), Roma, Inglaterra y España adoptaron la modalidad más temprano que tarde. La última, a través de los conquistadores, difundió la práctica por toda Latinoamérica, donde –pese a ser ilegal en varios países de ella– constituye una actividad lucrativa y muy popular. De Hernán Cortés dícese en México que, apenas arribado, entre las primeras cosas que hizo fue construir una gallera para la crianza de gallos de pelea.
A estar a las fuentes, el primer lugar en tierras sudamericanas donde se disputaron riñas, fue la provincia de Córdoba (Argentina). En Cuba tienen también un desarrollo considerable.

El capítulo uruguayo. Interdictas desde 1906, las riñas de gallos tienen su ceñidor jurídico –denegatorio, por supuesto– en la ley No. 5657, que data de 1918 y sobre la cual, generalmente, las potestades punitivas suelen hacer la vista gorda.
Algo más que tradición (el oficio de «gallero» se hereda), en los departamentos fronteros a Brasil (Artigas, Rivera y Cerro Largo), las riñas son moneda corriente. También las «requisas». Una de ellas, en Rivera, por ej., terminó con una treintena de personas encarceladas. Es famoso en Montevideo el reñidero enclavado en el Cerrito de la Victoria.
(Tendamos recatado manto sobre la realidad que pueda alojar nuestro departamento y demos punto final a esta muy sucinta crónica, con una transcripción que es todo un tributo a tan antiquísima práctica belicosa entre aves).

«En las riñas no sólo pelean los gallos; combaten sus dueños y los espectadores, que apuestan dinero pero también ponen en juego estatus, narcisismo y la eterna batalla de la masculinidad. Por algo, ser valiente es ser ‘gallito’. Por algo, se usa metafóricamente para hablar de un guerrero, de un campeón, de un tipo duro. Por algo, los galleros nunca lloran después de una mala riña.
Luego de varias horas mirando riña tras riña, cada una comienza a ser un mundo concluso en sí mismo. Un mundo con un riesgo estremecido, con el estrago de la pérdida y el placer efímero del triunfo. Un mundo que, como todos, tiene su propia forma de violencia. Y en el que nunca nadie consuela al perdedor».

Nota: Los presentes desgarbados apuntes pretenden oficiar como un complemento al reportaje de fondo de Alejandra Fuentes, sobre tan antiguo, discutible y singular entretenimiento (¡!¿?).

*Fuente:http://www.jornada.unam.mx/

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One Response to Crestas y espolones

  1. Anónimo says:

    tenesgo

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