Gente menuda …en obra

El ansiado día de la inauguración.

DANILO LAMENZA MAURI

Fase 1.- Jueves 24 de setiembre. Alrededor de la media tarde. Entretiempo de una primavera remisa a manifestarse en plenitud. Me doy una vuelta por la Redacción de “San José Hoy”, para asegurar algunos detalles de la “Culturalia” que ha de salir al día siguiente. Jornada de “cierre”; vale decir: premuras de calibres varios. Además, pesa la ausencia de Estela, ocasional y maragata peregrina por tierras del inca Manco Capac y aguas del lago Titicaca.
Confinado sin confinar en el pequeño mundo de la redacción, David, puro lentes, bigote y prietos cabellos ensortijados, “navega” en la Web (¿se dice así?), que sólo abandonará cuando algún timbrazo del wireless phone le saque de su abstracción investigadora. Por el día de hoy, Mirtana ha permutado menesteres. Su pluma, siempre idónea, ha sido sustituida por el cuidado –no menos idóneo y cariñoso–, de una bullanguera caterva de nietos, sobrinos-nietos o algo así. “Leo” –infaltables auriculares estéreo encasquetados en sendos pabellones auditivos–, se afana en la asignación de columnas e imágenes que conforman la composición del semanario. Alejandra, la libélula inquieta del equipo, teclea presurosa. (Llegado aquí, pienso si no le habré errado al título; éste parecería ajustarse mejor a “Gente adulta en obra”).
De pronto, casi eléctrica, Alejandra salta de su puesto pendolista, masculla no sé qué de un compromiso horario, toma una cámara y me invita a que la acompañe. Como ambos iríamos en la misma dirección –por calle Sarandí hacia el sur–, accedo al convite.

Fase 2.- Nos encontramos ahora en plena calle Evaristo G. Ciganda, entre las de Colón y Rincón. Acera norte. Enorme muro exterior del Mercado, anexo a la flamante ampliación del nuevo cuartelillo de Bomberos. En el lugar reina inusual actividad. Sobre firme andamiaje de caños y tablones, heterogénea bandada de chiquillos –algazara de gorriones escolares– munidos de pinceles y rodillos, se dedican a cubrir la –hasta hace un momento– impoluta pared de blanco fondo. Lo hacen utilizando restallantes colores: ora rojo, ora azul, verde o amarillo. Con infantil aplicación disponen las sucesivas capas pigmentadas, a la par que siguen las indicaciones de un desaliñado mentor –la tarea así lo exige (no se trata de arruinar ropa decorosa)–, quien, multiplicándose, les guía. Estrecho la mano del singular y barbado personaje.
En la acera frontal a la descrita, con las asentaderas firmemente emplazadas en un escalón de acceso, y rodeado de preguntona banda de chicos y chicas, otro mentor, más pulcro y de bajo perfil, bosqueja sobre cartulina la geometría de unos rectángulos ¿torresgarcianos? Me acerco y al incorporarse él para saludarnos, inadvertidamente, por el plano inclinado de la cartulina se desliza la caja de crayolas y tizas y produce una cascada multicolor sobre el gris del embaldosado que, diligentes, los chicos se encargarán de apocar. Es el momento en que, al tiempo de saludarle, inquiero al esmerado mentor: -“¿Te das cuenta de dónde estás sentado?” Ante la inesperada pregunta y no sin cierto azoramiento, los claros –celestes– ojos del profesor ad hoc se vuelven hacia atrás y arriba. Mi propia respuesta no se hizo esperar: -“Estás sentado a la puerta del taller de quien fuera nuestro recientemente desaparecido y llorado Hugo Nantes…”
Confundida entre el guirigay de cabecitas, automóviles que pasan, toques de bocina y trajín callejero, Alejandra no escatima ángulos y disparos de su cámara curiosa…

¿Quiénes son estos casi antitéticos preceptores plásticos que se rodean de una nube de chicos y chicas con inquietudes expresivas?
El guía “astroso”, excelente y encantado cauce de las expectaciones infantiles, es Marcelo Alpuy (sí; el mismísimo creador del “Don Pascual”, cuyos aconteceres ocurren en la página 2 de “San José Hoy”).
El “profe” atildado y con aire de español preclaro (un infanzón navarro, por ejemplo), es Mariano Albistur, cómplice de Marcelo en la nobilísima tarea de hacer aflorar –en chiquillada escuela habiente– las larvadas dotes para el dibujo y la pintura.
Y constituye el bullanguero núcleo, destinatario de los afanes didácticos de tales disímiles mentores, el colectivo “Piedra Libre”, un grupo de chicos y chicas del barrio “Roberto Mariano”, que funciona en el salón comunal de dicho enclave, situado hacia el sureste de la ciudad.
Son las Anastasia, Andrea y Ángela, Camila, Florencia, Laura, María, Martina, Nahomi, Soledad, Sofía, Triana y Victoria;  son los Adrián, Alejandro y  Edryan,  Federico, Gonzalo, Leandro, Maicol, Matías, Maximilano, el “Tapia”, el “Toto” y Victorio…
Como todo organismo vivo y palpitante, este taller interactivo no queda sólo en el dibujo o la pintura; también la escultura y diversos tipos de manualidades encuentran allí cabida. La libre expresión  campea a sus anchas. Y del fresco racimo infantil se desgranan los frutos, ingenuos esbozos algunas veces, obras más logradas en otras, pero siempre muestras cabales de lo que es capaz de nacer, cuando se crea apelando al disfrute y al cariño.

Fase 3.- Frente a la tarea que realizaban estos catecúmenos del pincel, no pude menos que rememorar una secuencia de “El Decamerón” (Pier Paolo Pasolini, 1971). En la misma, Pasolini –quien aparte de dirigir el film– se reservó para sí el rol del Giotto, hace de pronto a un lado la escudilla en que se alimentaba y como poseído por súbita inspiración creadora, trepa por un andamio y se pone a pintar casi con  furia. La escena tiene lugar en una iglesia. Un crítico de la época dijo: “Pasolini-Giotto pone imágenes a los sueños”.
¿No es acaso ésto lo que hace la gurisada de “Piedra Libre”?

Finale.- Lunes 12 de octubre. Atardecer remolón de día feriado. La calle Ciganda luce desierta. Vuelvo a transitarla, ahora en unitaria soledad. Hace ya varios días que el mural –encomendado, por invitación, para la “4ª. Feria del Libro 2009 ‘Lectores del Siglo XXI’”–, refulge terminado. Su estridencia polícroma pone gozosa alegría al prosaísmo del trapicheo  mercaderil. Y en clarísima alusión, a modo de friso, junto a los nombres del colectivo que plasmó la obra, alguien conocido afirma: “CLAVES. Las claves del futuro / no se encuentran en el presente / ni en el pasado / se encuentran extrañamente / en el futuro.”
Mario Benedetti

Ignoro de qué parnaso, limbo o báratro pictórico pudo proceder. Pero osaría afirmar que una afable y comprensiva sonrisa –sólo percibida en forma extrasensorial por los niños y niñas que pintaron frente al que fuera su taller–, fue esbozada –desde ahora huésped en la inmaterialidad eterna–, por un Hugo Nantes, errabundo duende, cósmico peregrino entre sus figuraciones, chatarras y ocurrencias antológicas…


Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: