Mondo manflotesco

...a la espera del "cachondeo"...

DANILO LAMENZA MAURI

Breve facecia a modo de apertura.– En el viejo Club «San José» solían celebrarse (en la actualidad sigue ocurriendo), memorables partidas de ajedrez. En aquél entonces, uno de los asiduos jugadores era el coronel (r) don Roque Menteguiaga. Mi recuerdo de la época hoy le convoca enfrascado en la dilucidación de alguna movida táctica, mientras los dedos índice y medio sostenían un cigarrillo de creciente e inestable acumulación de cenizas que, casi invariablemente, terminaban en el interior del pocillo de café ubicado a escasos centímetros de la barbilla del circunstante. Cuando el rival de turno pergeñaba determinado movimiento fuerte, don Roque percibía la amenaza y saliendo de su ensimismamiento, al tiempo de contestar la jugada alevosa, soltaba un –entonces para mí– enigmático: -»¡Eso nunca!, dijo María Juárez» (o Suárez). (Para mis entretelas, y con la ingenuidad propia de la edad, yo conjeturaba que se trataría de alguna famosa ajedrecista). En varias ocasiones, este neófito tuvo oportunidad de escuchar la mentada frase, al tiempo que crecía la curiosidad por conocer su procedencia. Hasta que aconteció –cada vez más picado del celo inquisidor por esclarecer aquélla reunión de pronombre demostrativo, adverbio de tiempo, tercera persona de pretérito y nombre propio–, que pude acceder –interpósito y ocasional hierofante– al intríngulis de tan recurrida locución.
Ocurría que en indeterminado pueblo del Interior (¿San José?), ejercía el meretricio la tal María. Esta buena señora tenía como norma invariable cobrar por adelantado la prestación de su sacrificada y muy esencial tarea de aplacamiento biológico. A la sazón, recala por posesiones de la cortesana uno de los tantos acólitos de Afrodita y Eros. Tienen lugar los consabidos regateos tarifarios y una vez acordado el trato, y previa erogación fiduciaria, comienza el saludable ejercicio liberador de tensiones psicofísicas. Fuere por la razón que fuere, y a despecho de los afanes puestos en la liza, nuestro hombre no lograba culminar el propósito de cachondeo. Tras varios inútiles intentos, resignado y pleno de frustración, abandona la faena y pide a la ninfa que le devuelva el dinero, puesto que no se había consumado el hecho. Es el momento en que la inefable María Juárez (¿existió?, ¿existe?), muy lúcida para defender sus intereses y complacer al cliente, sin demora alguna espeta al pupilo de turno: -»¡Eso nunca!… la plata no se devuelve. Laváte y empezá de nuevo.»

Prostitución.– Derivado del latín, prostitutio, el término tiene igual acepción que la actual y proviene del verbo prostituere, que literalmente significa «exhibir para la venta». Llamado en forma eufemística «el oficio más viejo del mundo», sus orígenes se remontan probablemente a los albores de la humanidad.
Según aseveran registros históricos, ya en la Sumeria mesopotámica, hacia el siglo XVIII a.C., se reconocía la necesidad de proteger los derechos de propiedad de las prostitutas. En el Código de Hammurabi figuran apartados que regulan las prerrogativas de herencia de las mujeres que ejercían dicha profesión.
Herodoto y Tucídides, famosos historiadores griegos, documentan la existencia en Babilonia de la obligación para todas las mujeres –al menos una vez en su vida– de acudir al templo de la diosa Militta (versión babilónica de la Afrodita griega), para practicar sexo con un extranjero como muestra de hospitalidad, a cambio de un pago simbólico.
Solón, uno de los tres arcontes o magistrados supremos que gobernaban Atenas, fundó el primer burdel ático en el siglo VI a.C.
Probablemente merced a sus expediciones comerciales, los fenicios (que rendían culto a la diosa Astarté), extendieron la prostitución por todos los puertos del mar Mediterráneo. Las islas de Cerdeña y Sicilia no fueron ajenas a tales jacarandinas rameriles.
Habitual en la Roma antigua, había nombres distintos para las mujeres del trato, según fuere su categoría y/o especialización. Estaban, por ej., las cuadrantarias, llamadas así por cobrar un cuadrante (moneda de muy escaso valor); las felatoras, practicantes expertas de la felación (sexo oral), etc.
Pese a estar prohibida por la ley judía, la prostitución en Israel era corriente. Según la Biblia, entre las gentes con quienes vivían los israelitas (reino de Canaán), hasta se practicaba como cosa sagrada (Antiguo Testamento; Núm. 25, 1-8); con la particularidad de que un porcentaje significativo de quienes la ejercían en los templos, eran hombres.
Como puede apreciarse, cuadrantaria en la antigua Roma, hetaira en Grecia, geisha en Japón, actuales «jineteras» en la Cuba ignominiosamente bloqueada, esa característica entre prostituta y cortesana de alto vuelo se difumina, acotada por límites siempre borrosos. Nihil novum sub sole.

Singular convite.– Fue el que me formuló esa «especie de tábano en la grupa de San José Hoy» que es Alejandra Fuentes. Se trató, en la ocasión, de que la acompañara a efectos de realizar una nota en la «zona roja» de la ciudad. Al mismo tiempo me pedía algunas estampas de cómo eran los prostíbulos en mis años mozos.
La «excursión» tuvo lugar el sábado 21 del cte.; comenzó alrededor de las 23:30 –hora propicia de «zafra»– y se prolongó hasta bastante avanzada las 2:00 del día domingo, siempre bajo una persistente garúa (como en el clásico tango de igual título).
De las impresiones recabadas en la oportunidad –muy sintéticas y fragmentarias– da cuenta la sobria nota de nuestra inquieta reportera. Por mi parte, intentaré un rápido pantallazo de los

Burdeles de ayer.– Estaban enclavados –casi cuatro (?) décadas atrás– en un escaso ángulo recto determinado por las calles Rincón y Vidal. Con las «casas de citas» propiamente dichas, alternaban dos o tres «bares de camareras». Entre las primeras destacaban: «la casa grande» (acera oeste de Rincón, esquina Larrañaga; regenta: la «Nena L.»); y «lo de Mangacha» (acera sur de Vidal casi Rincón; regenta: M. V.). Entre los segundos, dos clásicos: el «Viejo Rincón», de L. P. V., ubicado más o menos al centro de la acera oeste de Rincón; y el «Florencio Sánchez», de ¿?B., esquina de Rincón y Vidal (ángulo noreste). Bastante más adelante en el tiempo, se instaló, casi frontal al «Viejo Rincón», el «Pancho Bar», de F. E. [Nota: Por elementales y comprensibles razones de respeto y discreción, sólo se dan las iniciales de las/los protagonistas. Quienes peinan canas como este escriba (y hayan frecuentado el «ambiente»), ubicarán fácilmente las identidades].
Como toda actividad –plausible o no– que realiza nuestra feble y depauperada condición humana, también el «cortijo de la vida airada» ha sabido (y sabe) de esplendores y amargos ocasos. Si es que ambas condiciones son de aplicación, en materia para la que seguramente existen varias bibliotecas confrontantes entre ellas (enfoques ético-religiosos; trato sexual como mal necesario; erradicación del mismo; sistemas jurídicos que lo reglamenten; aspectos sanitarios; etc.).
Para quien esto escribe –y visto con personal óptica muy provinciana y propia de la edad de entonces–, los principios de la década del ’50 fueron los de mayor lustre del «ángulo del pecado». Todas las noches, a partir de las 21:00/22:00 hs., y particularmente los sábados, comenzaba una suerte de profana procesión o ronda a lo largo de casas y bares, olisqueando la «oferta». Luces mortecinas, vocinglería gamberra, rumor de suelas sobre veredas y calzadas, solían tener como fondo musical –escapado de ubicuas aberturas– los acordes del violín del «Chiche» Tagliabúe, la batería rítmica del «Sapo» Gutiérrez y la contribución orillera, siempre tan imprescindible como bien ejecutada del bandoneón, a cargo de otro integrante del clan Tagliabúe.
El «trato» sexual en sí mismo de entonces, difería muy poco del que pueda –con las salvedades del caso– encontrarse hoy. El esquema es clásico: elección de la «mina»; convite a copas; acuerdo tarifario según lo que se busca («ocupación» con o sin «oficio» y «completo», dependiendo ello de lo que el fuero femenil admita. La hermandad burdelesca sabrá entenderme).
Por supuesto que el bosquejo trazado reconoce variantes; sobre todo en lo que concierne a «tragos». Existía (existe) la relación libre prostituta-local (el sitio es un «llamador» de clientes). En otros casos, local y prostituta tienen una relación formal establecida: salario mínimo o comisión en los tragos a que ella es invitada; a cambio, ella deberá cumplir un «código» de normas de la casa (v. g.: mínimo de días de «trabajo» a la semana, mínimo de horario, mínimo de tragos al mes invitados). Relación formal o libre entre bar y prostituta, ésta se beneficia de un entorno de trabajo más seguro, mientras que el local se beneficia de la atracción que ella pueda ejercer, haciendo que aumenten clientela y consumo de bebidas.

Huelga decir –faltaba más– que la «iniciación» del suscrito y la de una buena parte de sus amigos coetáneos, tuvo lugar en las pendanguescas calles de Rincón y Vidal…

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