Allá cerca del río

El pasillo "decorado", las puertas cerradas, la soledad del día...

Un día antes había ido a concretar una segunda visita. «Ningún problema» me contestaron, al tiempo que advirtieron «…mirá que acá hay material para hacer un libro».
Regresé al día siguiente. Tres niñas salieron a mi encuentro. La mayor me tomó del brazo dirigiéndome a una de las viviendas y anunciándome como nunca antes «¡vino la ‘sacafotos’… vengan!

ALEJANDRA FUENTES

Salió a mi encuentro el matrimonio que el día anterior me había recibido. Algo más tarde, Hipólito -empresario de la noche- se sumó al grupo.
Por supuesto que la charla fue antecedida de una recorrida por los locales, precisamente, a la hora de la limpieza. Nuestros pasos se acompañaron de la mirada curiosa de varios vecinos que, sin acercarse, siguieron la visita.
El largo pasillo del «Altamar» recién lavado se secaba sin demasiada dificultad. Habitaciones de proporciones generosas, camas de dos plazas y sugestivos posters colgados en las paredes o apoyados en mesillas. En la pieza del fondo, uno de Moria Casán en sus mejores épocas, seguro llamó la atención de más de uno.
Cada meretriz decora la pieza a su gusto. Le aporta su cuota de creatividad. Hay peluches, artesanías, mantelillos de crochet, sahumerios, estampitas religiosas… de todo un poco.
En la pieza de T… una artesanía tallada por uno de sus hijos. En la de S… un precioso espejo colgaba de la pared.  C… tenía estrellas en el techo de su cuarto. También una luna que distrae la mirada cuando apaga la luz para que se vean mejor.
En la mayoría, el baño se encuentra aparte de la habitación, en las menos, lo separa una cortina de tela.
S… nos recibe donde vive. En un recipiente de plástico saca agua de la canilla del pasillo y prepara un jugolín. Luego, se sienta a conversar con SAN JOSÉ HOY.
Tiene 40 años de edad y ocho hijos. Nos cuenta que su mamá también fue meretriz, y responsable de algunos locales en Florida. «Yo empecé a trabajar en esto hace seis años, cuando mi esposo se quedó sin trabajo; también mis hermanas son meretrices (…) Mi madre empezó a trabajar para mantenernos porque se quedó sola, con siete hijos (…) Al principio es duro, pero como todo, es cuestión de acostumbrarse».
Minutos antes de iniciar la mateada, Hipólito se reintegra al grupo. De antemano, me advierte que la noche tiene su ‘magia’ y «hay que respetarla». Ese misterio que, sin ánimo de entrometernos, a SAN JOSÉ HOY no le interesa descubrir. Sí es válido escuchar las historias, acercarse a un barrio con carencias, donde la noche es la estrella por calles Venezuela y Nicaragua.
Actualmente en Picada de las Tunas funcionan tres prostíbulos «Altamar» «La Capilla» «Sum Sum» y una whiskería. En total, trabajan alrededor de treinta mujeres.
Desde el surgimiento de la zona lupanar en este barrio (hace muchos años) a la actualidad, hay un abismo. En esos tiempos funcionaban aproximadamente unos once ‘boliches’ y más de ciento cincuenta meretrices en ejercicio. «… en Picada de las Tunas hubo una época donde este negocio floreció. Recuerdo cuando hace 16 años traje a Karibe con K en dos oportunidades» dice Hipólito.
Los concurrentes llegaban también de Canelones, Flores y Colonia.  Así como muchos visitantes dejaron de venir, hubo otros que, asegura Hipólito, nunca llegaron (de día) para darle una mano… «no vino ningún político a preguntar qué se precisa. Ni un edil, ni un diputado… nadie. Sólo vinieron ahora, después que nosotros inauguramos el comité del Partido Nacional (Lista 22). Esto nos da esperanza de que las cosas pueden cambiar, que vamos a estar más unidos para seguir adelante, también acá; porque somos parte de la sociedad».
El empresario no exagera: el barrio sufre un abandono de años. Las calles en mal estado, cunetas sucias de basura y agua estancada. Recién ahora han logrado que llegue algo de balasto a la zona y la IMSJ desagotó varios pozos sanitarios «… pero en esta época, antes nadie se acordó» insistió.
Tampoco se cuenta con un espacio de juego para los pequeños, por lo que jugar con botellas dentro de las cunetas es una alternativa practicada a menudo. También, necesitan un segundo contenedor para el barrio.
Es imposible distinguir. Almacenes, kioscos, prostíbulos y familias que viven en el barrio, necesitan las mismas mejoras. De poco vale embellecer las fachadas de los comercios, los frentes de las viviendas si no se arreglan las calles. Si prácticamente, no existen las veredas y el tránsito por la noche (nos consta porque lo vivimos el sábado) se hace extremadamente peligroso e imposible.
El olvido ganó esa parte de la ciudad donde, sin embargo, pulula la cartelería política.

La ‘noche’
El sábado había que conocer la noche. Lloviznaba y pasadas las 23hs. Danilo pasó a buscarme. En menos de cinco minutos llegamos a destino. Paramos a metros de la whiskería; casi frente al toldo que protege la entrada del «Sum Sum». Nuestra primera parada: el restaurant de Hipólito. Música movida, un televisor de 21 pulgadas y cuatro pares de ojos posados en los recién llegados (léase nosotros).
Secundados por Hipólito y esquivando los charcos al costado de una profunda cuneta, entramos en el «Sum Sum». Una pared roja de fondo, con una delicada imagen femenina. Hacia los costados, colgado, un mapa de viñedos y bodegas de Italia. Enfrente, un dibujo pintado por un maragato, similar a tantos otros que apreciamos en la recorrida.
Nos introducimos en el oscuro y estrecho pasillo. Siluetas apoyadas en los marcos de la puerta nos iban saludando al tiempo que avanzábamos. Algunas puertas cerradas indicaban la presencia continua de demanda.
Ropas provocativas, breves y tintineantes, acompañaban el paso de N…,  una rubia alta y delgada.
C… es rubia y simpatiquísima. Nos invitó a entrar a que  conociéramos su ‘rincón’ como dijo. En una mesa, el mate recién preparado será el compañero de una noche larga, como usualmente son las de los sábados.
M… nos reconoció enseguida y se apresuró a saludar «… tanto tiempo, periodista». Rememoramos años pasados. Situaciones difíciles para la zona y un reiterado desinterés de las autoridades de turno.
K… nos mandó a buscar para decirnos que ya se había desocupado. Quería saludarnos y contarnos que le gusta escribir. Su inspiración fue desde muy chica una vida dura… penas que se arrastran por años y ganas de lucharla desde el lugar que eligió.
Las ‘chicas’, como les dicen en el ‘ambiente’, tienen historias parecidas. Miden sus palabras y se manejan con prudencia ante lo desconocido. Ellas entienden cumplir un «servicio social», sin distinción de banderas, razas o capacidades. «… acá viene gente en silla de ruedas que necesita compañía. A veces, además de sexo, hay hombres que necesitan que los escuchen, que no los discriminen por ser diferentes,  y para eso también estamos nosotras» decía S…
En la esquina donde funcionaba antes la whisquería Sum Sum, nos detuvimos y la charla con Hipólito siguió hasta las dos de la mañana. Política, sociedad, inseguridad… pobreza…
Muchas historias vividas aunque bastante menos compartidas.
Adiós y gracias dijimos… Dejamos tranquila a una noche repleta de ‘códigos’ y menos misterio, a la que, en cierta manera (tampoco pretendíamos más) nos dejaron entrar.

Uno de los rostros del olvido.

Luga de trabajo.

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One Response to Allá cerca del río

  1. jose maria says:

    Como siempre , genial

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