Un marinero de hierro

Asamblea 276. Toqué timbre. Unos segundos después abría la puerta un hombre alto, canoso, de barba. Pregunté por Mario Ábalo.
Todo lo que sabía era que era marinero, herrero, artesano y andariego. Bastante como para ir hasta su casa y convencerlo de hacer una nota.

ESTELA SELLANES

Mario atesora fotografías.

Al principio no estaba convencido: «¿Una nota conmigo? Me parece que no». Él sólo quería entregarme unos materiales: unos libros de un amigo, Juan Carlos Gambarotta, al que conoció hace muchos años en el Lamatra, un barco de la FAO. Eran libros sobre ecología,  aves, nuestras lagunas y bañados, los reptiles, nuestras praderas, mamíferos y montes. «Un material que debería estar en las escuelas», «que los niños tendrían que conocer».
Poco a poco le fui haciendo algunas preguntas y como la idea de la nota era simplemente mantener una charla con él, aceptó con gusto.
Decenas de anécdotas y recuerdos ligados a la pesca y a su labor actual como herrero y artesano fueron dando color a la entrevista. Una vieja cámara de fotografía, fotos de barcos, de viajes, recuerdos de su oficio de marinero, el taller de herrería, sus colecciones de carteles y matrículas y sus artesanías fueron ilustrando cada una de sus palabras y pintándolo como es: un hombre sencillo, con las manos curtidas por el trabajo y muchas historias que recordar.

Mario (51) es casado y tiene dos hijos: Cecilia (19), que estudia odontología y Bruno (23), que trabaja en una cafetería en Punta del Este en gastronomía. Su señora, Flor Artola, es maestra. La conoció en un baile en San José.
Trabajó como marinero desde el año 1978 hasta el 84. Después compró una casa en Progreso, en el Km. 28 de ruta 5, donde puso un taller de tornería. Actualmente se dedica a hacer artesanías, percheros, gancheras, atizadores, y algún herraje para muebles rústicos.
Mario aprendió el oficio de tornero en la Escuela Industrial, pero cuando terminó de estudiar empezó a trabajar como marinero; en la pesca se ganaba cinco veces más. “Además uno, como vivía todo el año en el agua, prácticamente no tenía tiempo de gastar la plata”. “En el año 91, un marinero sacaba 800 dólares por mes. Era un platal; en un mes podíamos llegar a hacer cinco viajes”.
Trabajaba para la Marina Mercante, “que no tiene nada que ver con la Marina Militar -aclara-; ahí en plena dictadura podíamos usar barba y pelo largo; no éramos militares, éramos civiles que trabajábamos en barcos pesqueros”.
Desde el año 78 comenzó a navegar en distintos barcos. Primero fue grumete (aprendiz), después dio examen para sacar la libreta. Después de aprender a hacer timón, navegar de noche y hacer los trabajos propios de la pesca, se puede ser marinero. «Hay gente que no aguanta; yo sacaba la cuenta que de cada diez personas que iban a trabajar a la pesca, quedaba una sola, porque muchos se marean y el trabajo es muy fuerte, muy duro».
En los barcos pesqueros se puede estar hasta 11 días en el agua. Se pesca dentro de las 200 millas.
Mario llegó hasta los 39º 30 de latitud, en una zona pasando Mar del Plata, en Argentina (porque hay un acuerdo que en determinada época permite pescar en jurisdicción argentina).
Muchas cosas han cambiado desde que empezó en el oficio: «Yo llegué a navegar con sextante, bajando estrellas; hoy en día existe el GPS… Inape y Dinara saben la posición exacta de cada barco… es un sistema similar al que se usa en algunos países con los presos que tienen arresto domiciliario. Saben la posición de cada barco, con qué rumbo apunta la proa… Dominan toda la flota. Y si hay alguna zona que está vedada porque alguna especie corre riesgo de extinción (…) se prohíbe pescar y se controla que se respete la prohibición».
Mario tuvo la oportunidad de trabajar en dos barcos de la FAO: en el Lamatra y en el Cruz del Sur. El Cruz del Sur lo fue a buscar a Itayaí, cerca de Río de Janeiro, junto a tres marineros, dos maquinistas y el capitán. Era un barco viejo, noruego, con un casco de hierro «espectacular».
En la FAO se hacen estudios de pesca para conocer qué cantidad de captura puede llegar a tener un país.
En sus viajes sacaban 2 mil cajas de pescado; se pagaba el gasoil y el mantenimiento del barco. Se gastaba unos 2 mil litros de gasoil por día, a lo que había que sumar los costos de reparación de las redes y artes de pesca, la reparación de los equipos y el pago a los marineros.
Tenían cinco días de pesca de estudio e investigación y luego se hacía la pesca comercial hasta completar la capacidad del barco.

La pesca
«Lo más rentable era la merluza», se comenzaba a pescar en mayo, al borde de la plataforma continental, a la altura de Mar del Plata, a 150 kilómetros de la costa.
“También se pescaba calamar, mero y abadejo, pero lo más vendible era la merluza. Se traía y se vendía a los frigoríficos. También salía el ruger, un pescadito chico, de unos 12 cm., que era muy consumido por los españoles”.
Los barcos generalmente pescan en la costa del Río de la Plata, pero a veces se llegaba hasta Cabo San Antonio, la Bahía de San Borombón y la costa de Rocha.
En Rocha sale mucho la corvina, pescadilla, lenguado, brótola y mochuelo.
Es muy común pescar «a la pareja», entre dos barcos con una red grande. «Es una modalidad que da muy buen resultado».

Trabajo sacrificado
En un barco pesquero promedio generalmente van entre seis y ocho marineros, el contramaestre, dos maquinistas, un cocinero y el patrón.
Mario recuerda un viaje en el Calon II, en el que empezó a trabajar un día a las seis de la mañana y no paró hasta el otro día a las tres de la tarde. Fondearon, tiraron el ancla en la zona frente a Pajas Blancas y llenaron la cubierta de pescado. «Me acuerdo de ese viaje porque después un conocido me hizo echar. Se conversó al contramaestre y me hizo echar para entrar él… Yo me agarré terrible bronca, pero me hizo un favor porque a los pocos días entré en el Lamatra, uno de los mejores barcos que había en ese momento».
El oficio de marinero se aprende trabajando. «Lo principal de todo es no marearse, porque los barcos se mueven mucho. Trabajando en la pesca se sube la red cada tres o cuatro horas, día y noche. A veces en un día se duerme cinco o seis horas pero no de corrido y no se descansa bien porque el barco está moviéndose continuamente. Y de repente uno pasa trabajando toda la noche completamente mojado; se toma café y se fuma. Bebidas alcohólicas los patrones no quieren mucho porque es peligroso; se puede ir un hombre al agua».
Entró al oficio porque tenía un tío que era «patrón» (capitán). Un hermano había probado pero no aguantó. A Mario le atraía la buena paga: “Yo me puse a sacar cuentas: si trabajaba dos años en un pesquero, con esa plata me compraba un torno… pero trabajé seis”.
“A veces se hacen amistades y a veces no tanto porque hay gente con problemas y no es fácil convivir… La gente que hay en el ambiente no es gente buena… muchos han estado presos. No es gente de la mejor… Se gana plata, pero nadie se lleva un peso de arriba. Hay que trabajarlo. Es bravo. Ahí nadie te regala nada”.
En Turismo del año 81 Mario tuvo un accidente laboral: se clavó un bagre en el pie. Como demoró en operarse ahora sufre de artrosis en el pie izquierdo. La lanceta se quebró en dos partes y una parte le quedó en el Talón de Aquiles.

Anécdotas de tormentas
«Una vez veníamos con el Santa María del Mar y agarramos un temporal del oeste, un pampero. Cuando eso se navegaba con sextante, no había GPS. Habíamos ido a pescar a la altura de La Plata, frente a San Clemente del Tuyú. Estábamos entrando en el mes de noviembre. Me acuerdo que habíamos completado de noche y salimos a media máquina para entrar a Montevideo de día. El barco venía navegando con la proa hacia el norte y tenía un viento de 270 que lo hacía desplazarse hacia el costado. Cuando quisimos acordar quedamos arriba del banco inglés. Por suerte el patrón le dio marcha atrás al barco y lo pudo sacar. Si lo llegaba a agarrar una ola medio grande y lo tiraba arriba del banco, capaz que no lo podíamos salir. Es muy complicado…»
Mario cuenta que en Uruguay había un barco de la Armada Nacional, el «Tende Redes Huracán», encargado de hacer los rescates. Era un barco de la Segunda Guerra Mundial que tendía redes en las entradas de los puertos para que no entraran los submarinos. «Tenía un guinche muy potente, fondeaban, le daban máquina, enganchaban y a veces rescataban barcos de arriba del banco».
«Una vez estábamos pescando cerca de La Paloma y se levantó temporal y fuimos al refugio de la isla… me acuerdo que cuando se hizo la maniobra para entrar, yo estaba durmiendo en el camarote y me sacó de la cucheta… por poco se da vuelta campana. Fue un susto grande, un momento bastante difícil».
Al barco se lo puede tragar una ola, irse de proa (a eso se le llama irse por ojo), dar vuelta campana o irse de popa, pero eso ya es más difícil.
«Se dice que un barco se va por ojo cuando viene capeando un temporal (…) se pone de proa o de popa; vas diez metros para adelante y venís cinco para atrás; estás yendo y viniendo… Una vuelta, cuando fuimos a buscar el Cruz del Sur, a Brasil, en el Golfo de Santa Catalina agarramos un temporal. Me acuerdo que estábamos en la cocina con el patrón y nos dimos cuenta que estábamos trepando una ola grande… y de repente cuando el barco cae, tan fuerte, yo pegué con la cabeza en el techo. El muchacho que iba en el timón, cuando vio que se venía la ola, lo único que hizo fue agarrarse fuerte…»

Juan Carlos Gambarotta
«Resultó ser todo un personaje»; «compartíamos el camarote, en junio del 82, plena guerra de las Malvinas, en el Lamatra.
Él es un par de años menor que yo. Me acuerdo que estábamos afuera, habíamos estado pescando atún y a mediodía habíamos terminado de levantar el palangre. Sacábamos mucho tiburón, algún tiburón martillo grande y pez luna, que para subirlos dan mucho trabajo. Encarnábamos de noche, porque había muchas gaviotas. Estábamos fuera de la plataforma continental, capaz que había más de 1.000 metros de profundidad… Yo le pregunté si sabía hacer timón y él me dijo que no. Nunca había hecho timón. Yo entraba a la una de guardia al puente de timón y le dije que subiera que yo le iba a enseñar. Él en el comedor había hecho cuentos, que había estado en el Amazonas… Tenía un carácter fuerte… Se enojaba cuando se tiraba pescado al mar… porque a puerto se entra con pescado en la bodega, no te dejan entrar con pescado en la cubierta…»
«Hice mucha amistad con él… Ahora está en Aguas Dulces, es el Guardaparques del Bosque de Ombúes de la Reserva… Una vez fui con mi señora y le costó reconocerme, claro, yo estaba mucho más viejo, con la barba blanca… Al final se acordó… «.
Mario cree que es muy interesante la actividad de guardaparques y que mucha gente no la conoce. Piensa que en la escuela y en el liceo se tendría que hablar de esos temas, sobre los bosques, el monte, la naturaleza… «El Banco República le compró a Juan Carlos varios miles de sus libros para ser repartidos entre las escuelas… Yo los conseguí en la feria de Tristán Narvaja pero no tenían ningún sello de ninguna escuela…»

Muchas satisfacciones
Recordando su época de marinero, hoy, más de 20 años después, afirma: «Fue una experiencia de vida muy linda, pero no la extraño. Mi trabajo de ahora me ha dado muchísimas satisfacciones; no hago plata, sólo para vivir…»
«Al oficio de marinero lo llegué a conocer todo: desde tejer redes, repararlas, hacer todas las maniobras, navegar de noche…»
Sin embargo, el gusto por la naturaleza es algo que no se pierde jamás.

Su foto preferida, con el pez atún, del que conserva la espada colgada como recuerdo en una pared de su casa, junto a un caparazón de tortuga y mandíbula de tiburón

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: