Se acabaron los rinocerontes

“Nadie es dueño de la multitud aunque crea tenerla dominada.”*

MIRTANA LOPEZ

En noviembre de 1980 todo Uruguay descubrió que la palabra “rinoceronte” tenía muchos más significados que el conocido a través de los manuales, los relatos de la selva o la visita a los zoológicos. Descorrió el velo a una obra de teatro del rumano francés Eugene Ionesco, escrita en 1959, cuyo argumento no transcurría entre animales sino entre seres humanos y cuyo tema nació como consecuencia de la peor historia europea del Siglo XX, la del fascismo. No fue que todo Uruguay asistiera a una representación de su obra “Rinocerontes”, sino al famoso debate en televisión por la reforma constitucional, propuesta por la dictadura, que protagonizaron Eduardo Pons Echeverri y Enrique Tarigo como defensores del No, ante Néstor Bolentini y Enrique Viana Reyes por el Sí a la continuidad.
Apenas como ayuda memoria para los “mayorcitos” o como ilustrativo para los jóvenes, recordemos el ambiente de opresión y silencio en el que vivía la sociedad uruguaya y recordemos también la sagacidad que desarrollábamos tras todo lo que era criptográfico para no despertar a los leones. Quizá por eso, disfrutamos tanto un momento de la discusión en el que, ante la acusación de que los “políticos son corruptos” -creo que por parte de Bolentini-, Pons Echeverri dijo: “Porque siempre hay rinocerontes”. Tarigo se sonrió apenas; los dos opositores, consejeros de estado, se debatieron entre sus dudas para entender qué les estaban diciendo. Hicieron un ridículo que ni Ionesco habría imaginado.
La obra “Rinocerontes” transcurre en una ciudad chica en la que la mayor parte de sus habitantes se han transformado en rinocerontes. Después de la segunda guerra era mucha la influencia de la visión kafkiana del mundo y el “absurdo” irrumpió con fuerza, en especial en un teatro en el que los seres humanos se transforman físicamente en animales grotescos por su falta de espíritu crítico, porque creen vivir en una democracia pero solamente acatan -por oscuras debilidades que nutren sus temores- la opinión del poderoso de turno, de quien, por audacia o falta de ética, se va quedando con los sitios de intercambio y discusión y, por lo tanto, con las conciencias individuales. “Es una crítica al conformismo, a la sumisión del ciudadano al poder, a la absorción del colectivo sobre el individuo que se opone con la rebeldía y resistencia al pensamiento único como marca de diferenciación y libertad ante una sociedad despersonalizada que intenta engullir o desechar al diferente al no sometido, al que no desea convertirse en rinoceronte”.**
Es bueno recordar que en noviembre del 80, en aquél plebiscito, en San José ganó el No. Es decir que fueron más los maragatos rebeldes ante la dictadura que, en absoluto silencio, usaron su libertad de conciencia. Dicho en este lenguaje teatral, fueron menos los “rinocerontes” que los ciudadanos libres (a los que hay que agregar todos los que no podíamos votar por estar proscriptos). En 1980, ése fue el mapa electoral de San José.
Sin embargo, con posterioridad, y en tiempos de democracia, San José pudo ser el escenario perfecto de esta obra. Una especie de ‘rinocerontitis´ nos atacó, justamente a la salida de la dictadura, luego de 1985. A tal extremo que en estos últimos años ya parecía que se había bajado los brazos por parte de todos, en especial de los agentes culturales que son tan importantes en estos resurgimientos. San José, políticamente, era e iba a seguir siendo por mucho tiempo más . . . . . . . . . . .  (ponga usted el calificativo que todos creíamos, amigo lector; de 4 sílabas, ocupa esos 11 caracteres).
Fue Ionesco también quien dijo: “La libertad de la fantasía no es ninguna huída a la irrealidad, es creación y osadía”. Así lo ha comenzado a demostrar nuestro departamento, que parecía tan adaptado, tan conformista, tan adocenado, tan ri no ce ron te. Resulta que hoy sale uno de su casa, como desde hace tanto, tanto… A ver llegar un tren. Y de la mole de hierro, antigua y bastante desvencijada, comienzan a salir colores, manos, cantos, a la que se suma gente por las calles de un hermosamente desordenado recorrido. Gente y más gente que dice lo que siente hasta transformar a la ciudad en el festejo de la protesta. ¿Encuestar edades? ¿Para qué? Todas. Así como todos los barrios y las clases sociales. Profesionales y jugadores de fútbol, docentes y empleados, amas de casa (de las de antes y de las de ahora), murguistas de profesión y de momento, artistas plásticos, gente muy pobre… ¡Cómo cantaba mi joven médico sosteniendo la bandera!
Se acabaron los rinocerontes. Esto es evidente.

*    Ionesco
**  Raúl Castagnino

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