Abrirse camino dentro y fuera del río

Ese día se reunían en la sede del Club Campana, pero la historia de «Las Maragatas» comenzó hace cinco meses.
Son un grupo de seis mujeres que provienen de varios puntos del departamento y, juntas, tiran para adelante.
En mayo asistieron al primer encuentro de pescadoras artesanales que se celebró en San Gregorio de Polanco, para el que las convocó el proyecto «Uruguay Rural».
Allí entendieron que, como ellas, otras muchas mujeres son jefas de familia o a la par de sus esposos trabajan duro para llevar el pan a la mesa.

Laura Barrios (Kiyú) Nadia borges (Kiyú- parador chico) Nilda Conde (Voulminot), Patricia Devera (Voulminot), Eugenia Pons (Playa Pascual) y Susana Burgos (Kiyú).

Laura Barrios (Kiyú) Nadia borges (Kiyú- parador chico) Nilda Conde (Voulminot), Patricia Devera (Voulminot), Eugenia Pons (Playa Pascual) y Susana Burgos (Kiyú).

Alejandra Fuentes

Participar del encuentro en Tacuarembó les cambió la vida porque las impulsó a unirse, y unirse las fortaleció. 
Saben ahora que es posible formar cooperativas, trabajar organizadas o buscar alternativas para sobrellevar las épocas de pesca escasa. Claro que todo lleva un proceso, que recién inician.
Pudieron así organizar un curso de Primeros Auxilios -a cargo de Asse, con el apoyo del Comité Departamental de Cruz Roja- que realmente necesitaban, porque río adentro, están lejos de todo. También comenzaron un taller sobre procesamiento de pescado.
A la reunión de la semana pasada sólo faltó una compañera. En el amplio salón del club nos acomodamos alrededor de una mesa para charlar tranquilas. Ellas no hablaron sólo de trabajo sino también de sus vidas. Tienen mucho para contar.
Nilda quedó entusiasmada con el encuentro en San Gregorio y ansía que se haga otro similar: «fue muy positivo, me di cuenta de muchas cosas que hasta ese momento no me había puesto a pensar. Ahora aprendí a defender mejor mis derechos como mujer y trabajadora». Es la más conversadora del grupo. Colabora con su esposo y el hijo menor en las tareas de pesca. «No entro al río pero ayudo a abrir pescado, a arreglar la barca, limpiar…»
Patricia entra al río hace ocho años  «…fue idea de mi marido, que quería que lo acompañara. Le hice caso y me gustó». Le gusta pescar, aunque reconoce que a veces no es tan paciente como debería. Actualmente atraviesa un momento difícil, por lo que sus compañeras de grupo se han convertido en un sostén fundamental.
Todas reclaman apoyo institucional, gubernamental y de la comunidad. Afirman que el único apoyo que han recibido hasta ahora, proviene de «Uruguay Rural». «Por este programa pudimos tramitar los permisos de los pescadores y se pudo concretar el curso de Primeros Auxilios que hacemos actualmente (…) En mi caso, por ejemplo, pude acceder a dos préstamos a través del Mides. Uno para comprar mallas y materiales de trabajo y otro para plantar el terreno de al lado y vender lo que cosechamos», dice Eugenia, vecina de Playa Pascual.
Sienten que su oficio no es bien visto por la comunidad e insisten en lo sacrificado de la tarea del pescador, «sobre todo de los que acampan sobre las costas». «La mayoría no tiene luz, tienen niños pequeños y les cuesta llegar a un policlínica, comprar lo necesario y vivir dignamente». «A nosotros nos pasa algo y no sabemos qué hacer, a dónde concurrir para que una ambulancia traslade a un enfermo, todo es así (…)»
Sus rostros curtidos sirven de testimonio. Nilda señala que los pescadores viven en forma similar a los gitanos: «vamos hacia donde hay trabajo». «Pero vivimos -unos mejor que otros- con nuestras familias, como todo el mundo (…) En Voulminot, que es donde estoy yo, nuestras casas son de nylon y costaneros. No tenemos luz, ni agua. Para ir a un almacén debemos recorrer un tramo largo hasta la carretera». Prácticamente, les ganancias del trabajo se guardan para la época más dura. Para cuando no hay pesca».
Laura es de las más jóvenes del grupo. Trabaja en Bocas de Mauricio y cuenta que el año pasado los quisieron correr de allí «… para un vecino sobre todo, damos mala presencia a la zona. Él vende terrenos y parece que a nadie le gusta vivir al lado de los pescadores, porque somos pobres, tenemos casas precarias (…) La Intendencia quedó en darnos un lugar para que nos podamos instalar como ‘pueblito de pescadores’ pero hasta hoy no tenemos noticias de eso. Lo que nos quieren dar es un lugar que se inunda».
Además de fortalecerse, proyectan formar alguna empresa y poder trabajar en las épocas que no hay buena pesca. Una de las alternativas a estudio es aprender a procesar el producto para comercializarlo de distintas formas.
Formar parte de un equipo, por más pequeño que sea, implica tolerancia, respeto mutuo y capacidad de compartir. Por este camino, con la ayuda de «Uruguay Rural», transitan estas seis mujeres. En un futuro, podrán ser muchas más.

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