La fiesta la hago en mi casa

Un poco más tarde, cuando el sol ya no era tan amable, en Ecilda Paullier todo estaba casi listo para la inauguración de las 61 viviendas de la segunda etapa de Mevir en esa localidad (cuatro de ellas en terreno propio, además de otras nueve unidades productivas). Así, Mevir llegó a las 22.948 viviendas entregadas.

Lo primero que sorprende es la cantidad de niños y bebés. Chiquitos de cinco, seis, siete años, correteando entre la gente; los más pequeños sobre los hombros de sus padres; otros en cochecitos o envueltos en mantas. Parejas jóvenes. Algunas abuelas también, disfrutando del logro de los hijos y las hijas, pero, sobre todo, lo que uno puede ver son familias recién formadas, ansiosas de tener de una buena vez la llave de su casa en la mano.
Diálogos escuchados al pasar: «Y es así, sí», dice una señora de lentes oscuros y pelo corto, rojizo. «Así que tu hijo gracias a Dios ya tiene la vivienda, el William», dice la otra mujer, más alta y de pelo amarillo. «Y sí, ya esta tarde. Dos mil y pico de pesos de alquiler estaba pagando». «Estás loco». «Y acá está pagando lo suyo», dice la madre de William. «¿Viste cómo quedaron?». «Preciosas están».
La gente sigue llegando y se acomoda frente al escenario. A la derecha hay una mesa con dos bandejas en la que están las llaves. A la izquierda están los abanderados de la Escuela Nº 48 (que aprovechan los pabellones para protegerse del sol que ya cae casi vertical sobre las cabezas). El comienzo del acto se retrasa. Suena una voz de mujer por los parlantes: «Estamos esperando que llegue el señor Intendente para poder comenzar el acto». Eso pasa recién veinte minutos después, pero hay demasiada alegría en el aire como para que la demora moleste a alguien.
Comienza el acto y el primero en ser llamado para hablar es Óscar Castro, miembro de la comisión local de Mevir: «No tengo palabras para agradecer el hecho de participar en una cosa tan humana como esta», dijo. «Había que verles las caras a los vecinos cuando se hizo el sorteo». Luego subió Víctor Ackerman, en representación de los adjudicatarios: «Que el Ministerio de Vivienda siga por esta senda», dijo. «Valió la pena trabajar y trabajar veinte meses. Y vamo’ arriba, que tenemos nuestra propia casa».
Cuando llegó el turno del intendente Chiruchi, luego de hacer un breve repaso de su propia gestión al frente del Ministerio -de 1995 al 2000-, dijo un par de cosas interesantes, más que nada si tenemos en cuenta su tradicional postura ante el sistema de Ayuda Mutua. Dijo Chiruchi: «aplaudo el esfuerzo solidario, el esfuerzo entusiasmado que significa tener la posibilidad de construir con sus manos una vivienda decorosa».
Francisco Beltrame, presidente de Mevir, por su parte, habló de la importancia que tiene que los vecinos se posesionen de la herramienta de trabajo, que tengan una actitud activa y propositiva para, «con el apoyo de Mevir, trabajar en Ayuda Mutua. Para resolver los problemas debemos soñar las soluciones juntos. Esto no es un cinco de oro: es sacrificio. Estas casas no son de hoy para siempre. Hay que cuidarlas, hay que habitarlas, usarlas adecuadamente, cumplir las obligaciones económicas. Podemos hacerlo todos juntos». Y además, entre líneas dejó claro quién aportó qué cosas para la concreción del proyecto: «El aporte económico del Mvotma, el aporte de la IMSJ en maquinaria».
Luego habló el subsecretario del Ministerio, Jack Couriel, quien utilizó su tiempo para hacer una cerrada defensa de la actual gestión de gobierno, además de dejar clara una idea sobre la que se sustenta esa gestión: «Nosotros sólo somos una herramienta para la concreción de sus derechos».
Y llegó el momento tan ansiado, tras la solemnidad de los discursos: el reparto de las llaves. La asistente social que trabajó a lo largo de los veinte meses junto a los vecinos los fue llamando uno a uno. La gente se apartaba para dejar pasar al convocado y entonces había aplausos y gritos de ánimo y sonrisas. La asistente social va relatando cada entrega. Más o menos así: «Andrea Hernández, lloró y trabajó, porque hizo un esfuerzo grande para hacer las horas. Pero acá está. Se puede, Andrea». O cuando le tocó el turno a Pocholo Rodríguez, «que ordeña 150 vacas». «¡350!», corrije Pocholo. «350», dice la asistente. «Mi gran admiración por ese trabajo… y nunca quedaron debiendo horas. Claro que tienen unos muchachos guapos, también. ¿Dónde están los hijos?». «Trabajando», dice Pocholo. «Y sí».
Cerramos con otros diálogos escuchados al pasar entre la gente. Dos mujeres jóvenes están conversando. «¡Me mudo hoy!», dice una de ellas. «Yo también. ¿Cuál te tocó?». «La de la esquina, justito. ¿Te acordás la que pintaste vos?», la mujer gira y señala con el brazo y el dedo índice estirado hacia el este. «Ah, sí», dice la otra, «Bueno, si hay alguna falla de pintura…» «¿Te digo a vos?». «No, arreglala nomás, ahora ya es tuya». Ambas se ríen.
Ahora los que hablan son dos hombres de treinta y pocos años. «…esta tarde. Tengo el camión pago y todo», dice el de lentes. «No, yo mañana, suave», contesta el de camisa a cuadros. «Voy a disfrutar la fiesta». «Yo a la fiesta no voy», dice el que tiene planeado mudarse de tarde. «¿No vas?». «Negativo. La fiesta la hago en mi casa».

Viviendas Mevir5

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