La República «Ariel»

En setiembre de 1999, San José Hoy publicó este relato motivado en recuerdos muy concretos de la acción docente de la Maestra Fina Massaia. Hoy, 10 años después, Ademu San José lo integró al hermoso homenaje que le hicieran los maestros en su día, con motivo de los 100 años de su nacimiento.
Creemos que es oportuno transcribirlo, porque relata una experiencia educativa vital en quien fuera directora del IFD, iniciadora de la Cooperativa 19 de marzo y – recuerdo especial para estos días- alma mater de la Semana de la Juventud.

6º AÑO CON FINA MASSAIA

MIRTANA LÓPEZ

Transcurridos los primeros tiempos, quizá dos o tres meses del comienzo de clases, los alumnos de Sexto año de la Escuela 46 (¡del año 55!), dejamos de relacionarnos únicamente como compañeros escolares. Como culminación de un proceso de estudio y discusión del funcionamiento de la República, pasamos a gobernarnos y a gobernar el turno matutino. Quizá haya sido el día 19 de junio de ese año que, como Secretaria General del Consejo de Gobierno me tocara leer el acta de fundación y funcionamiento de ese pequeño país que surgía y que iba a tener término a fin de año.
Para esa fecha habíamos elegido el Poder Ejecutivo, integrado, por razones prácticas, por cinco compañeros con sus suplentes. Como se verá estábamos en tiempos de Colegiado, lo que hacía más difícil llevar adelante la experiencia docente.
Teníamos los nueve Ministros de la época con sus tareas asignadas. No era de asombrarse cómo la dignísima Ministra de Economía salía un minuto antes de la campanilla, tomaba de la Dirección el canasto de los bizcochos y salía al patio a realizar prácticamente la tarea de finanzas. El de Ganadería y Agricultura, en mi recuerdo actual, cuidaba del gran cantero con malvones que habíamos hecho al final del patio. A las reuniones del Poder Ejecutivo las escuchábamos todos. Únicamente para destacar la capacidad de la Maestra, cuento que, en los primeros tiempos, mis Actas eran muy breves, pero después, transcurrido un tiempo que hoy me resulta imposible de precisar, no cabían en el pizarrón del patio que era donde semanalmente debía estamparlas, en colaboración con mi compañera suplente, cuya hermosa letra hacía presentable el relato.
Fácil fue decidir cuáles eran las tareas del Ministro de Salud, que debía salir al patio del recreo con su botiquín y que muchas veces fue llamado por otras maestras de clases menores para que colaborara con algún raspón. Más sutil debió ser el trabajo de la Maestra para hacernos entender el Ministerio de Relaciones Exteriores: en general estas dos compañeras eran motivo de nuestra «sana envidia» porque debían salir mucho de clase ya que atendían el relacionamiento con otras clases Claro que también enviaban cartas por Correo a todas las embajadas y explicaban a una delegación de maestros de otra escuela que vino a informarse del funcionamiento de la experiencia. No casualmente fue el Ministerio del Interior el que presentó más crisis de funcionamiento. Sus integrantes llegaron a presentar renuncia ante el Consejo de Gobierno porque «todos les decían los loros de la Maestra». Claro, su tarea era vigilar los recreos. Y aunque no se les incentivara el trasmitir información a la Maestra o a la Dirección, ellos se sentían incómodos. Si no recuerdo mal la forma de solucionar el tema fue la de hacerlos redactar un compendio de normas de comportamiento y buena conducta para darlas a conocer clase por clase. De su cumplimiento fueron naturalmente relevados por los propios maestros de todas las clases.
El Ministerio de Cultura no sólo planificaba actos culturales (que eran casi los mismos de la Escuela pero dándoles participación). El Ministerio de Cultura se preocupaba por nuestras costumbres, nuestro lenguaje y también por el comportamiento de Luis Alberto. –su comportamiento, su higiene, su aprendizaje-, eran tema de discusión de la democracia republicana y parte de sus preocupaciones socio culturales. Hoy, el concepto de cultura que nos trasmitía Fina en esta «educación-acción»,  nos parece admirable.
¿Cómo llegamos a organizarnos de esta forma? No retengo exactamente las motivaciones. Sí recuerdo la figura alta y un poco irreal de la Maestra, su mirada azul y sus manos guiadoras, cuando nos leía algún trozo de Rodó, suavemente recostada contra el marco del salón. No me sorprende entonces que llamáramos «Ariel» a nuestra República., ni que su escudo realizado por nosotros y seleccionado por concurso, tuviera, «sobre el fondo blanco de la pureza, tres franjas: el marrón y el verde de nuestros campos y el rojo de nuestro entusiasmo» como constaba en el Acta Nº3, que se grabó en mi memoria.
Además de escudo, tuvimos un Boletín informativo que llegaba a nuestras casas, realizado a mimeógrafo. Y tuvimos, aunque mi lamentable oído musical no puede dar testimonio, nuestro himno, que no era marcial, sino inventado sobre un ritmo de vidalita. ¿No es acaso lo más hermoso imaginar un himno-vidalita para escolares uruguayos?
Sobre los otros poderes del Estado, puedo testimoniar que el Poder Judicial lo integraba ella misma, la Secretaria de la Escuela y un compañero. Y que, frente a la carencia de más «elegibles», el Poder Legislativo fue recreado en vivo y en directo en el viaje a Montevideo con visita al Salón de los Pasos Perdidos. (De cualquier forma aquello funcionaba casi como una democracia directa).
Dos experiencias más, sorprenden esta liberación de recuerdos.
Es la primera, la lectura, comentarios y trabajos realizados sobre un texto de Francisco Espínola, en aquellos tiempos todavía inédito: «Las Ratas». Hoy, 40 años después, renovamos nuestra admiración por la docente capaz de lograr el milagro de la atención simpática de treinta niños, al tiempo que alejaba el terror o el rechazo de la intensidad de un relato del que rescató su esencia porque no se quedó con el dolor y transformó nuestra emoción en solidaridad con los marginados. Porque si fuimos llorosos lectores de la metáfora casi brutal de las ratas achicharradas por el chorro caliente de la caldera de la servidora del cuento de Paco, fuimos cada día más solidarios con nuestro Luis Alberto al que también diariamente queríamos más
Es la segunda, la elaboración, para la fiesta de Fin de Año, de una leyenda. Texto al que todos aportamos y del que naciera una representación bailada en la tierra del canto (creo que se llamó ‘Canteland’), con un hada que hacía renacer, en una naturaleza que aparecía como muerta en la primera escena, toda la vida; emociones y belleza de la música, la poesía y la danza.
Buen final de recuerdos para la culminación de la escuela, para comenzar la vida y recordar a la Maestra Josefina Massaia.

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