Leonel “Chino” Segovia: un DT macanudo

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Hoy se celebra en Uruguay el Día del Abuelo. Para homenajearlos elegimos a Leonel «Chino» Segovia.
Si a este ‘tata’  lo conociera el escritor brasileño Ziraldo, seguro le dedicaría un libro mezclando lo macanudo de la maestra con lo alegre del Polilla.
Le pisa los talones a los 80 años y sigue ‘fresco como una lechuga’. Quizá su fórmula sea la alegría que irradia entre los más pequeños.
No es un abuelo de bastón sino de gorra y lentes. Con una sonrisa permanente y los tan ansiados $5 para las tortas fritas de la cancha.

Su esposa es Lidya Alba, alias «Morocha», quien acompaña a Leonel en su tarea de abuelo o «tata» de siete nietos: Pablo, Maira, Macarena, Antonella, Francisco, Serrana y Matías.
La casa de ambos es el centro de encuentros familiares, en los que sobrinos, nietos y bisnietos llevan ventaja. Testigo de ello son las innumerables fotos que orgullosamente muestran de la ‘parentela’: «Estos son los de… y acá están con nosotros los otros nietos’ y «acá solitos tres bisnietos», explica Lidya volviendo a adornar los portarretratos.
Ahora los nietos son adolescentes y jóvenes, al igual que los sobrinos, pero aún recuerdan el entusiasmo por quedarse en la casa de los abuelos, «sobre todo Macarena, que se quedaba aquí porque estudiaba en Montevideo y el abuelo se levantaba todos los días para acompañarla al ómnibus», dice Lidya. También con ellos se criaron dos sobrinas: «Cuando íbamos a visitarlas y llegaba la hora de irnos era un ‘vivo lamento’. Terminaban viniéndose con nosotros. Un día optamos por ponerles unas camitas y no se fueron más. De acá salieron para casarse».
Lo que tiene de particular el abuelo Leonel es que la vida lo llevó a adoptar más nietos, porque dirige las categorías Abejas y Grillitos del Club Universal, su ‘cuadro del alma’. «Antes del 2000 había estado trabajando con niños pero no tan chicos, pero un día me plantearon en Universal, que casi siempre los planteles se integraban de niños que habían salido de otros clubes, pero que estaría bueno que el club del barrio juntara a sus niños para jugar». Fue así que Leonel integró a la chiquilinada y ahora la dirige.
Para él, esa tarea es reconfortante. A muchos los va a buscar a sus casas, los lleva a la cancha y después los trae de regreso. Se rodea de niños de 3, 4, 5 y 6 años, que le tiran los pantalones para que los ponga en el partido, se hacen pis en el medio de la cancha o en pleno partido, se paran a mirar las jugadas de los compañeros: «son los más lindos y las madres colaboran para que esto sea así, ya que confían en mí. Hay que adaptarse a los niños que son divinos, no tienen maldad y siempre están atentos a lo que les puedas enseñar».
Entre las ‘salidas’ que más gracia le hicieron estuvo años atrás la del hijo de José Licio: «Empezó al partido, todos empezaron a correr y Juancito se quedó en el medio, parado, dibujando rayas en el piso de la cancha de Río Negro». Otra la recuerda Lidia: «Jugaba el hijo de una sobrina, Emiliano, que tenía un pantalón que le llegaba a las rodillas y una camiseta enorme, pobrecito. Al comenzar el partido también se quedó paradito sin hacer nada y,  algunas madres preguntaban por qué no sacaba a ese niño y nosotros nos reíamos. Yo sabía que él estaba parado porque estaba mirando y aprendiendo; además Leonel deja que los niños hagan lo que sienten, porque recién empiezan y tienen tiempo para aprender».
Curiosamente, sus nietos no comparten la pasión por el fútbol. Por eso con ellos Leonel comparte especialmente las famosas idas al monte: «No sólo con los nietos, sino con los sobrinos que, siempre están a nuestro alrededor. A todos les compra las cañitas para que aprendan a pescar», añade Lidya.
Sobre la labor del abuelo en la familia, Leonel aclara que no es de meterse: «Yo pienso que nosotros ya tenemos muchos años y es difícil entender las actitudes de la juventud de ahora. Entonces no estamos en condiciones de hablar mucho del tema, porque poco entendemos (…) Sí me he preocupado de contarles historias y de recordarles anécdotas de la familia».
Durante la entrevista Lidya ofició de secretaria del abuelo, haciéndole las puntualizaciones necesarias para que no se olvidara de nada ni de nadie. Ella, también tiene mucho que contar: «Acá nosotros nunca estamos solos, por suerte».
El ‘fuerte’ de esta abuela es el tuco: «Según los nietos, como el de la abuela no hay (…) A veces los sobrinos nietos vienen caminando por la calle, huelen el olor a la salsa y dicen ‘mirá, la tía está haciendo tuco, me voy a comer a la casa». Y hay una cosa que les ha enseñado Lidya a sus nietos y es a rezar: «Cuando se quedaban acá sabían que antes de quedarse charlando o dormirse, había que rezar». Recuerda que una de sus nietas le preguntaba a su madre ‘¿por qué a la abuela la operan tanto y siempre está enferma si ella reza siempre, más que yo’, y mi nuera le explicaba que las cosas pasan pero que Dios, igual ayuda».
Como abuelo, Leonel entiende que su lugar no es sentado en los bancos de las plazas al sol sino en los de los gimnasios, rodeado de niños que saltan gritando ‘¡¿Chino, y yo cuando entro?! «Yo me entretengo con ellos. Me hacen bien y me ayudan a esperar la carroza de forma más llevadera».

Los abuelos
Eleuterio y Alberto

¿Y de sus abuelos se acuerda Segovia? «Me acuerdo especialmente de mi abuelo materno, Eleuterio Fernández. Hubo una época que vivíamos nietos y sobrinos alrededor de la casa de este abuelo, en el barrio El Berral, y ahí fue que tuve trato con ese abuelo. Era un señor de pelo bien blanco, petiso, bastante delgado, que me hablaba de revoluciones y guerras». Aunque algo menos, también recuerda a su abuelo paterno, Alberto Segovia: «de él me llegaron los comentarios de vecinos (porque mi padre no hablaba de eso), que lo había traído del Paraguay don Sixto Arias para que se hiciera cargo de una hacienda, ya que era un entendido en el tema del ganado. Pero no lo conocí, lo único que recuerdo son las historias que (se ríe) no eran muy buenas porque según los que lo conocieron era bastante vicioso».

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