Los “menores” como espectáculo

menor

El precandidato Luis Alberto Lacalle, promete crear el Instituto del Menor Infractor, con independencia del INAU. El Diputado Borsari ya presentó la idea al Presidente Vázquez. Los problemas con la seguridad pública, que existen; la difusión estelar que la televisión otorga a los hechos en los que participan menores de edad; los problemas que llevaron a la renuncia de Mateo Méndez y Víctor Giorgi a sus respectivos roles, son circunstancias que integran naturalmente el tema a la agenda del año electoral.

Para solucionar estos mismos y difíciles problemas, los precandidatos del Frente Amplio no están de acuerdo con esta creación de una institución que atenderá únicamente a los ‘infractores´ o a los ‘peores´.

Sin entrar al fondo del asunto –que entre otras cosas es de alta complicación jurídica -, recordé las fundamentaciones que se dieron, hace pocos años, para cambiar el nombre de INAME (Instituto Nacional del Menor) por el de INAU (Instituto del Niño y el Adolescente del Uruguay). Se hacía hincapié en quitar el sustantivo ‘menor´ porque en el código cotidiano había alcanzado un alto grado de significación peyorativa: nadie decía -o dice-, ‘mi menor´ por su hijo o su nieto, aunque sí dice ‘el menor´ por el que le vendió pastillas en el ómnibus. Mucho más si “tres menores atacaron a un anciano” como constantemente sufrimos en los informativos.

En una publicación del año 2004 de UNICEF, titulada “Investigación sobre las infracciones juveniles y las sanciones judiciales aplicadas a adolescentes de Montevideo”, encuentro ciertas reflexiones muy ilustrativas. En el período estudiado 1994 – 2002, la de quien era Presidente de la Suprema Corte de Justicia: “Yo no entiendo esta denominación de menores infractores en el sentido que fundamentalmente sigue el Código del Niño. Tanto si nos regimos por el Código del Niño como por la normativa internacional, el menor no es pasible de delito. Si bien la conducta puede ser similar a la de un delito, evidentemente no hay que calificarla como tal.” Esta opinión jurídica y humana va más allá: ya no sólo se trata de manejar o no el término ‘menor´ como sustantivo discriminatorio, sino que quien tiene menos de 18 años no puede ser adjetivado como ‘infractor´ desde una sociedad responsable.

Para quienes están realmente inmersos en estos problemas el hecho más difícil de resolver parece ser el de la sanción judicial a aplicar en estas transgresiones. (Es también el más fácil para quienes menos interiorizados están y piden los castigos más drásticos). Sin embargo de la forma de encarar estos temas puede nacer un juicio sobre la sociedad misma: “Sólo una sociedad que aprenda a respetar a “los peores” es capaz de respetar a todas las personas. Por eso el grado de desarrollo ético de una sociedad puede medirse según como trata a los considerados “peores” entre sus miembros, a los que cometen hechos definidos como contrarios al sistema normativo. De ahí que la forma en que el sistema jurídico de control social reacciona ante la criminalidad, y en particular ante la criminalidad juvenil, es un reflejo del grado de respeto que la sociedad tiene por la dignidad personal de sus miembros y un indicador del grado de desarrollo de su sistema jurídico.” *

En realidad son muchos quienes rechazan considerar a los adolescentes como ángeles o demonios porque saben que son sujetos de derechos y responsabilidades que la sociedad adulta y sana deberá atender en base a estos atributos.

Por ejemplo, esa sociedad no deberá dejarse llevar por la tentación expresiva de “tolerancia cero” cuando sabemos que eso quiere decir “intolerancia 100%”. No pretendamos dirigir ni gobernar si nuestra filosofía de fondo está inspirada en estos porcentajes extremos.

Tampoco dejemos de poner un filtro de contención a nuestra subjetividad cuando los primeros 18 minutos de todos los informativos televisivos de los canales privados se ocupan del delito. Sobre todo de los cometidos por menores de 18 años. Al punto que, si el martes 17/03/09 dos delincuentes atacan a un policía en el Paso del Molino, se dice de ellos, reiteradamente, “los jóvenes”. ¿Por qué no los “delincuentes” o los “rapiñeros”, si ya no eran menores? Y al extremo que, si los delitos cometidos por menores o jóvenes uruguayos no alcanza para cubrir la cuota de minutos estipulada, pasamos dos episodios de violencia con jóvenes en Buenos Aires. El efecto psicológico en nosotros, los televidentes uruguayos distraídos, es el mismo. Nos horrorizamos de la inseguridad en la que vivimos.

Reconociendo que la sociedad está más compleja, que hay un gran descenso en las costumbres de respeto hacia los demás -y no solamente hacia la propiedad de los demás-, veamos sin escándalo cuál es el rol de los jóvenes y de los menores en la totalidad de los delitos. Y veamos sin lentes deformantes, las responsabilidades.

La campaña electoral también puede hacerse con mayor verdad y menos habilidad.

 

Miguel Cillero Bruñol “Adolescentes y sistema penal. Proposiciones desde la convención sobre los Derechos del niño” en Justicia y Derechos del niño. UNICEF, 2000, Buenos Aires.

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