José Pedro Barrán
18/09/2009 Deja un comentario

José Pedro Barrán
Hay períodos de la vida en los que la admiración, el sentimiento de admirar, es una necesidad. Ese período tuvo que ver, para las generaciones que ya vamos de salida, con la juventud y la primera madurez. Quizá porque el contexto cultural en el que crecíamos valoraba el saber como uno de los pilares de la personalidad y de la sociedad. El saber con humildad; el tesón por aprender, la paciencia para enseñar. Hasta llegar al deslumbramiento de lo comprendido.
Por lo tanto, no es de extrañar que todos tengamos recuerdos de nuestras admiraciones afines al lugar en el que estudiábamos o frecuentábamos. Personalmente recuerdo, desde mis admiraciones hacia algunas maestras, pasando por muchos profesores del Liceo de San José, hasta llegar a los capos máximos -de dar clases de Literatura se trata- que tuve el gusto de disfrutar en el IPA. Bordoli, Real de Azúa, José Pedro Díaz, Guido Castillo, para nombrar solamente a los de asignatura. Terribles discusiones con los compañeros sobre la pertinencia de alguna observación hecha en clase, general o personal. Pero nunca con respecto a los conocimientos. Esos, deslumbraban.
Llegó después la época en la que hay menos tiempo para seguir recibiendo, analizando y observando lo que viene desde afuera porque, en la docencia, es uno mismo con sus alumnos el que tiene que construir un conocimiento compartido que sea significativo para todos.
Pero llegó también la época del alejamiento de la docencia directa. La función docente comenzó a parecerse más a la de un organizador, gestor, ama de casa, ejecutivo, psicólogo, mediador. Los requerimientos cotidianos que en estas tareas son perentorios, dejan poco tiempo para pensar y estudiar. Hay que responder a las emergencias con el bagaje que uno trae y evaluar los resultados mientras otras acciones directas van siendo atendidas. Atender. Ése es el verbo.
Entonces, ocurrió algo extraño. Una cuarta etapa pretendió transformar a la docente de aula y de institución, en una secretaria en el Codicen de la nueva administración. Los convencimientos ideológicos también tuvieron mucho que ver en esta fallida mutación que, bienvenida fue, me permitió conocer personalmente al Profesor José Pedro Barrán.
Una esporádica forma de su conocimiento, tuvo lugar en los pasillos y escaleras. Sorprendentemente, aquel tan alto y delgadísimo quijote, desgarbado, a veces con cierta inestabilidad al desplazarse quizá provocada por el tratamiento constante que llevaba contra el cáncer, observaba, conocía y distinguía en su individualidad a los ‘secretarios’ de perfil más bajo, más grises. Porque quien había escrito sobre la sensibilidad, lo había hecho desde la suya propia.
Otra diferente forma de conocerlo, mucho más institucional y conceptual, fue a través de la lectura de las actas de sesiones, -una de las tareas de la secretaría es la de leer las actas para corroborar que su texto sea el que corresponde-. Las intervenciones de Barrán en las sesiones, no excesivas ni extendidas, dentro de un grupo de gente muy capaz y conocedor de los temas educativos, tenían una característica especial: respondían a un pensamiento pedagógico siempre coherente.
De forma ya más anecdótica, en dos oportunidades colaboré con él, desde el teclado de la computadora, escribiendo a su dictado los fundamentos de una resolución. Los preparativos y el comienzo de las reuniones de trabajo eran una delicia de caballerosidad, generosidad y sentido del humor. Pero, al momento de comenzar a trabajar, el rigor intelectual, la impresionante solidez de las argumentaciones y la exigencia consigo mismo, develaban al Barrán, autoridad intelectual del país.
En esos dos años que de forma esporádica y fortuita compartí algún sitio con José Pedro Barrán, volví a vivir el sentimiento de la admiración más pura: al intelectual, al ser humano común cuyo sentido ético apreciaba hasta el chofer (inicialmente se negó a tenerlo, pero su edad y las tareas impuestas lo obligaron a aceptar); al sabio de sonrisa entre buena y perdida que nos miraba -y se miraba-, con la ironía filosófica que su conocimiento del devenir de los hombres le había dado.
Gracias, Profesor.







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