31/12/2009
por Leo Cabrera
En este mundo globalizado, un puñado de países rige los destinos del planeta. El reparto desigual del poder, de las riquezas, del conocimiento, del dominio sobre los recursos naturales (más allá de dónde estén localizados), es origen de una cadena de injustas desigualdades.
DAVID RABINOVICH

El Desarrollo local reconoce y dignifica el trabajo.
Las promesas de bienestar general son presentadas en atractivos envases para convencernos que, en el propio sistema, origen de tantos males, pueden estar las soluciones. Aquel puñado de países poderosos está, a su vez, dominado por un reducido grupo de poderosas personas (o familias). Hay algunas líneas de pensamiento a partir de las que es posible seguir el rastro de una larga cadena de dominación y dependencia, que origina la marginación y la desigualdad.
Economía política y San José
El primer mito que la historia reciente desmiente de forma tajante, es el que afirma que el aumento de las riquezas es condición necesaria y suficiente para mejorar las condiciones de vida de una sociedad.
A grandes rasgos el crecimiento económico se refiere al incremento de indicadores como la producción de bienes y servicios, el mayor consumo de energía, el ahorro, la inversión, una balanza comercial favorable, el aumento de consumo de calorías ‘per cápita’, etc. El mejoramiento de estos indicadores (todos promedios estadísticos), debería llevar teóricamente a un alza en los estándares de vida de la población; aunque siempre es bueno recordar que ‘en el mar de los promedios los enanos se ahogan’. Habitualmente el crecimiento económico se mide en porcentaje de aumento del Producto Bruto Interno (PBI). El producto bruto interno es el valor monetario total de la producción corriente de bienes y servicios de un país (o de una región) durante un período (normalmente es un trimestre o un año). El PBI contabiliza sólo los bienes y servicios producidos durante la etapa de estudio y no toma en cuenta los que son fruto del trabajo informal o voluntario.
Cuando se apuesta todo a la gran inversión (si es extranjera mejor) se justifica la concentración de la propiedad, de la riqueza y el poder, por razones de eficiencia.
Durante varias décadas ese fue el modelo impulsado en San José con particular énfasis. Se le llamó «Milagro maragato» y es, en buena medida, la explicación del enorme rezago que muestra el departamento en algunos rubros fundamentales.
Desarrollo y crecimiento
Por eso en el futuro inmediato puede y debe sustituirse aquel paradigma por otro que haga centro en el desarrollo local endógeno (basado en las capacidades locales). Y, por lo tanto, considere la inversión extranjera como subsidiaria, mire con cuidado los mecanismos de concentración y apropiación de recursos y poder, atienda a la reducción de la desigualdad y la eliminación de la marginación, como finalidades esenciales.
El desarrollo económico es la capacidad de países o regiones para crear riqueza, a fin de promover o mantener la prosperidad o bienestar económico y social de sus habitantes.
El matiz entre crecimiento y desarrollo debe ser tenido en cuenta con sumo cuidado.
Más justicia:
Desarrollo Humano
El desarrollo humano, según el PNUD, consiste en la libertad y la formación de las capacidades humanas, es decir, en la ampliación de la gama de cosas que las personas pueden hacer y que pueden ser.
El estadístico italiano Corrado Gini ideó una medida de la desigualdad: el Coeficiente (índice) de Gini. Normalmente se utiliza para medir la desigualdad en los ingresos, pero puede utilizarse para medir cualquier forma de distribución desigual. El coeficiente de Gini es un número entre 0 y 1, en donde 0 se corresponde con la perfecta igualdad (todos tienen los mismos ingresos) y 1 se corresponde con la perfecta desigualdad (una persona tiene todos los ingresos y los demás ninguno).
Aparece aquí uno de los elementos de análisis esenciales para entender y orientar los procesos de cambio de acuerdo a los objetivos que se dice perseguir.
Defender la necesidad de crecer primero, de generar la riqueza que será luego (eventualmente) repartida, sin atender a ‘las formas’ en que esta riqueza se genera, es condenarnos a la injusticia eterna. Porque las relaciones sociales que se establecen en el proceso de producción, definen las sociedades en su esencia.
Un análisis de esas relaciones a nivel local muestra que las estructuras de poder tienen bastante que ver con las formas de apropiación. Las concentraciones del poder en sus diferentes dimensiones (político, económico, cultural…) y la consiguiente disputa por parcelas de ese poder se puede comprender mejor atendiendo a la situación del llamado «capital social».
El Capital Social, es considerado una variable; mide la colaboración social entre los diferentes grupos de un colectivo humano y el uso individual de las oportunidades surgidas en ese contexto. Tres son las fuentes principales: la confianza mutua, las normas efectivas y las redes sociales.
El capital social mide, por tanto, la sociabilidad de un conjunto humano y aquellos aspectos que permiten que prospere la colaboración y el uso, por parte de los actores individuales, de las oportunidades que surgen en estas relaciones sociales. Una sociabilidad entendida como la capacidad para realizar trabajo conjunto, la de colaborar y llevar a cabo la acción colectiva.
Piense el lector el impacto que puede haber tenido, en esas redes de mutua solidaridad, las políticas aplicadas a nivel local. Entre pertenecer al entorno del poder o estar sindicado como «opositor», se genera un abismo respecto a las posibilidades de acceso a oportunidades de cualquier tipo. La sociedad josefina está marcada a fuego por una praxis social perversa. Se ha legitimado, a los efectos de obtener beneficios personales, la conformación de grupos y grupitos que potencian las posibilidades de sus integrantes en desmedro de proyectos realmente colectivos. Todo un problema culturalmente instalado y un desafío para construir alternativas.
La igualdad de oportunidades
«Entre un cuarto y la mitad de la desigualdad de ingreso observada entre los adultos de América Latina y el Caribe se debe a circunstancias personales que enfrentaron cuando eran niños, sobre las que no tuvieron control ni responsabilidad: la raza, el género, el sitio donde nacieron y la educación de los padres. Ellas revelan el nivel de desigualdad de oportunidades en la región» (Estudios del Banco Mundial). A efectos de intentar medir en forma objetiva la desigualdad en el acceso a las oportunidades un grupo de expertos del BM creó el Índice de Oportunidad Humana (IOH) que mide el acceso a servicios básicos y la distribución de estos servicios bajo el principio de igualdad.
También esta dimensión del análisis puede ser útil para analizar fenómenos locales y perfilar estrategias hacia el futuro. Porque para la gente, la igualdad de oportunidades se hace o no efectiva en su proximidad. Son las políticas de desarrollo local las que instalan esa «igualdad de oportunidades» y construyen «capital social».
Este marco teórico, aunque incompleto, avanza en el desarrollo de estrategias a nivel local y puede sentar las bases para cambios profundos, transformadores. Quizá revolucionarios. Por lo tanto, de horizonte socialista.
Nota: las definiciones básicas se tomaron de Wikipedia.
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